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Reflexiones sobre la caridad

 Por  Mario Zuluaga

La más antigua de las preocupaciones del hombre, el más difuso de los conceptos morales, usada como arma opresora por autoridades políticas y religiosas, se llama Caridad. Y no es que no exista genuinamente, existe y es mucha, pero es silenciosa, discreta y buena, casi imperceptible. La compasión que el ser humano siente por su congénere desvalido la advertimos a diario. Nos duele la pobreza, la marginación y la injusticia que padecen miles de millones de seres humanos. Incluso nos duele, hasta la náusea, el estado de abandono y maltrato que sufren los animales. Pero cuando esa Caridad está impregnada de ideología, ella misma se distorsiona para convertirse en un arma de dominación. A los humanos de todos los tiempos se les ha humillado, sobornado e intimidado con aquella reina de las virtudes teologales que viene sintetizada en tres palabras: Amor al Prójimo. Ese amor que, las más de las veces, no es amor y no va dirigido al prójimo tiene la marca del hierro del totalitarismo en sus dos asfixiantes vertientes: política y religiosa. 

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios”, dice el catecismo cristiano. La atenta lectura y reflexión de aquella máxima nos despoja de lo más íntimo de nuestras querencias y convierte de paso a nuestro prójimo en moneda de cambio de una inexplicable contabilidad de lo abstracto. Y no llegamos al  amor a Dios sin que primero estemos forzados a pasar por la Fe. En una lógica perversa, amar y creer se convierten en verbos equivalentes que se refuerzan mutuamente y que dejan al creyente en estado de indefensión ante el menor asomo de duda. La duda conduce a la auto inculpación; sumerge al creyente en estados de miedo por el castigo reservado al incrédulo y el amor le promete el perdón. Se cierra así el más perverso círculo disolvente de la conciencia humana: culpa, miedo y perdón. Es así cómo el creyente queda atando a cadenas ideológicas que le impiden el ejercicio de lo que le es más preciado: libertad de pensar y sentir.

 

La Caridad no se practica, entonces, por el amor a Dios, se ejerce por miedo. Es un mandato religioso dirigido, no a quien la recibe, sino  a quien la practica. Es entonces la caridad una condición necesaria para la salvación del creyente. La materia prima de la Caridad: el necesitado, el empobrecido, el oprimido, el despojado, no desaparecerán a riesgo de poner en peligro la salvación del creyente. El acto caritativo no sólo se ofrece sino que se pide. Ese ir venir, que tiene como vehículo la limosna, ejerce sobre el receptor una humillación que de tanto sentirla termina aceptándola y racionalizándola. Esta racionalización está elevada a la categoría de bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” dice Jesús en los evangelios. Ni siquiera la pobreza como estilo de vida está ausente de intereses en el mundo del creyente. Y el caritativo o misericordioso también tiene intereses en su acción pues es premiado con misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos conseguirán la misericordia” lo leemos en los evangelios.  Los poseedores de bienes que dan limosna por amor a Dios y los pobres que las reciben conforman el universo del mundo cristiano.

 

¿Y no son posibles una ética y una moral laica?  No, dice el cristiano. Tu comportamiento está atado a tu Fe, ella te hace bueno y compasivo, dice el catecismo. No obstante, nos llegó el Siglo de la Ilustración, el siglo XVIII. Así fue denominado por aquellos grandes pensadores, científicos y filósofos, que proclamaron el triunfo de la razón como único vehículo de apropiarse del conocimiento. La influencia de su pensamiento llega hasta nuestro siglo XXI y perdurará por siempre. Sólo pondré un ejemplo: Isaac Newton (1643-1727). La ciencia moderna se inicia con este gigante de la especie humana. Su invento, porque es un invento, y uso del cálculo diferencial constituye el apoyó de toda la ciencia y tecnología moderna. Sin ese sutil concepto de derivada no tendríamos ni electromagnetismo, ni astrofísica, ni mecánica cuántica, ni teoría de la relatividad ni computación, ni todo lo que esta última significa para los sobrevivientes del siglo XX. No me imagino el mundo sin el cálculo diferencial.

 

También fue el siglo del liberalismo y la revolución industrial. Fue la primera vez en la historia de la raza humana en que la riqueza se descubre como un fenómeno social y factible. No quiere decir ello que la humanidad liquidó la pobreza en áquel entonces, pobres eran todos, pero fue la época en que muchas naciones iniciaron el camino del enriquecimiento. “La vida es pobre, desagradable, brutal y breve” afirmaba David Hume en su Tratado Sobre La Naturaleza Humana. Solamente hasta bien entrado el siglo XX la humanidad empezó tener decrecimientos importantes de la pobreza. En 1820 el 85 por ciento de la población mundial vivía en la extrema pobreza; en 1905 la extrema pobreza se calculaba en el 65 por ciento de la población; 55 por ciento en 1950; 35 por ciento en 1970 y 23 por ciento en la actualidad.

 

El fin del siglo de la ilustración termina con la revolución francesa que recogió gran cantidad de las ideas nacidas en él. Pero también allí nació el Estado, invento del hombre, que ha moldeado el desarrollo de las naciones hasta nuestros días. El Estado que nace con la revolución francesa es el sustituto de otras formas previas de estado como imperios, monarquías patrimoniales y dominaciones tribales. Muere Dios y nace el Estado, parece ser la gran consigna de la revolución francesa.

Con el Estado nace la Caridad laica. A escasos años del triunfo de la revolución francesa, el economista francés Fréderic Bastiat (1801-1950), defensor del libre comercio y la libertad económica en general, nos advertía del monstruo que había nacido: “El Estado es esa ficción con la que todo el mundo quiere vivir a costa de los demás”, decía este visionario que se adelantaba a vaticinar las calamidades que este engendro humano nos traería en el siglo XX.

 

El Estado cumple la misma ley de entropía que rige al universo: es una medida del desorden de la actividad humana, para ello basta observar la enorme cantidad de leyes que se expiden en los congresos de los países, y además su crecimiento es indefinido. Todas las calamidades que vivió la humanidad en el siglo XX tiene la marca del Estado. Los políticos de todos los tiempos, los dispensadores de la caridad laica, los que han medrado por erigirse como los salvadores de sus pueblos, son los catalizadores de aquella entropía estatal. El Estado se alimenta del pueblo que subyuga, se yergue como estandarte de múltiples ideologías y son sus promesas caritativas las coartadas de sus crímenes y excesos.

 

Muy al inicio del siglo XX le vemos la cara y el cuerpo entero al Estado total: el comunismo, el nazismo y el fascismo. Son ideologías que comparten los mismos principios socialistas y detentan el poder omnímodo del Estado. Los muertos, en nombre de aquellas ideologías durante el siglo XX,  superan los cien millones. Stéphane Courtois, autor del Libro negro del comunismo nos da cuenta de los casi cien millones de víctimas del comunismo. Éstas son las cifras documentadas por Courtois: Veinte millones en la antigua Unión Soviética, Sesenta y cinco en la China de Mao, un millón en Vietnam, dos millones en Corea del Norte ( y la cuenta sigue), dos millones en Camboya, bajo el régimen de Pol Pot, un millón en Europa del este, ciento cincuenta mil en América latina, un millón setecientos mil en África, un millón y medio en Afganistán y unos diez mil provocados por los distintos movimientos comunistas que no se hallaban en el poder (creo que se queda corto, en sólo Colombia se supera por mucho esa cifra) Esta espeluznante cifra de muertos hace del siglo XX un siglo para olvidar. Como alguien decía: “Quien asesina a un hombre por defender una idea, no defiende una idea, asesina a un hombre”.

 

Pero ese Estado omnisciente y caritativo que llamó a la limosna subsidio y que no necesita de la fe de sus súbditos, se nutre y crece a costas de los pobres y no tan pobres que piden la inversión social a cambio de su presencia en las urnas. Como en un abrazo gravitatorio y fatal se unen los pueblos con sus estados para autodestruírse y todo ello como consecuencia del gran “invento” de la revolución francesa. Esa desquiciada igualdad ha terminado por matar la libertad y la fraternidad. Alguien le preguntó a Zhou Enlai, primer ministro de la naciente República Popular China en 1949, qué opinaba de la revolución francesa. Y esto contestó: “Es muy temprano para saber sus consecuencias”. Ni tan temprano, ya los amantes de la libertad en el siglo XIX advertían los alcances del monstruo.

 

 

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