pensamiento económico

Opinamos sobre filosofía y economía política

El socialismo agazapado

Por: Mario Zuluaga  

Hernán Echavarría Olózaga (1911-2006) fue uno de los más influyentes dirigentes empresariales que tuvo Colombia en el siglo XX. Ingeniero y economista, fue fundador de varias universidades, ministro de estado, embajador y exitoso industrial. El estudio de la economía fue siempre su gran pasión; publicó varios libros y artículos de revistas sobre temas económicos y fue un promotor de los estudios de economía entre las juventudes desde la década de los años treinta del siglo pasado.   

En la década de los años cincuenta, publicó un libro titulado El sentido Común en la Economía, [1], del cual, aún hoy, se siguen imprimiendo ediciones. Es un libro escrito en un lenguaje llano, alejado de ese lenguaje críptico con el que muchos economistas expresan sus ideas, salpicado de simpáticos ejemplos y en el cual toca todos los temas de la macroeconomía bajo la óptica y preocupación del empresario: La producción, la renta nacional, los mercados, el dinero, el comercio exterior, los impuestos, la intervención estatal …ctc, son los temas que encontramos en el libro, tratados con el talante de quien los vivió y lidió durante su larga vida.  Cómo él mismo lo dice, no se trata de un manual de ciencia económica. “Es solamente una explicación de los problemas más corrientes que el hombre de la calle encuentra en este campo”.    

Una característica del tono que advertimos en su lectura consiste en que, a diferencia de la postura fría y distante que los académicos profesionales le imprimen a sus análisis, don Hernán toma partido, y desde el principio, en favor de la iniciativa privada y el afán de lucro como motores del desarrollo económico.   

Aunque nunca se refiere a los trabajos de L.V. Mises y F.A.V. Hayek, como ellos, le otorga una inmensa importancia al papel que juega el empresario en el crecimiento económico. Sin mencionarlo, utiliza como elemento central de sus análisis, el equilibrio hayekiano entre producción y consumo que encontramos en los análisis sobre la macroeconomía del capital de la escuela austriaca.

Por la década de los años cuarenta don Hernán fue un difusor y defensor del keynesianismo. Posteriormente se apartó de aquellas ideas y se convirtió en acérrimo enemigo de la expansión monetaria como medio para lograr el pleno empleo, mostrando cómo, en el largo, y no tan largo, plazo el fenómeno se revierte y el desempleo y la destrucción de las industrias aparecen como una enfermedad difícil de curar. Lo que se inicia como una feliz fiesta, termina como una aterradora resaca. Con ejemplos latinoamericanos ilustra las amargas realidades que aún hoy muchos dirigentes políticos se niegan reconocer. Es en estos pasajes donde vemos cómo don Hernán se pone del lado de la escuela austríaca de economía sin siquiera mencionarla.  

Por ser un convencido de las libertades individuales, de la libre empresa, de la propiedad privada, de los peligros de la intervención estatal, de la moneda sana, puede ser don Hernán considerado por los socialistas como un redomado neoliberal. El epíteto nada  significa, salvo la carga ofensiva que conlleva; la preocupación que encontramos en el libro es la del progreso general de la población la que don Hernán defiende con sus ideas de empresario, avaladas por su experiencia y el sentido común.  

No todo es liberalismo en la obra de don Hernán. En el capítulo séptimo de su libro, donde se enfrenta al problema de la tenencia de la tierra, don Hernán descompone su talante de liberal y pierde la línea de argumentación libertaria. Así dice en uno de los acápites del libro: 

“En los países de América Latina es posible llevar a cabo una reforma agraria significativa aumentando los impuestos al valor de la tierra, no a su producción. Haciendo que el almacenaje (posesión de la tierra) cueste y obligando así al propietario a trabajarla o a venderla; impidiendo que la tierra siga siendo un activo de acumulación de riqueza y se convierta en activo de producción.”  

Es una pena que después de leer muchas páginas de liberalismo clásico, nos encontremos en un recodo del libro con semejante ataque a la propiedad. Pierde la compostura y clama por la acción violenta del Estado expropiador que imponga una reforma agraria que obligue al propietario a producir o vender. Poseer un pedazo de tierra para conservar una riqueza constituye una estrategia legítima de protección patrimonial. Iniciar con la tierra una cadena de producción no siempre es beneficioso; muchas veces puede ser una empresa ruinosa, pues puede romperse el equilibrio entre producción y consumo, el que tanto defiende don Hernán.   

El derecho a la propiedad privada es para los liberales, o mejor los libertarios, incuestionable; ceder en este punto es abrirle las puertas a los totalitarismos y los abusos estatales. La economía es una ciencia que tiene sentido y bella complejidad sólo bajo el principio de la propiedad privada, sin ésta la mano del déspota sería su perfecta sucedánea.  

Deploro que aquel prohombre colombiano no hubiera sido capaz de exorcizar de su mente ese socialismo agazapado que llevamos dentro.   

Referencia 

[1] Hernán Echavarría Olózoga, El Sentido Común En La Economía, SESA, octava edición, Bogotá, 2003.

Agosto 27, 2007 Publicado por Mario Zuluaga Uribe | Economía | | 1 comentario

El luddismo reencarna en Colombia

Por Mario Zuluaga   

El luddismo fue un movimiento obrero que tuvo su auge a principios del siglo XIX y cuyo supuesto precursor y lider fue Ned Ludd. Sus seguidores aseguraban que eran las máquinas y la tecnología las responsables del desempleo y del deterioro de la dignidad del trabajador. Fue por ello que muchos de los seguidores de dicho movimiento resultaron acusados de la destrucción de máquinas hilanderas en Nottingham (Inglaterra), lo mismo que en Lankashire y Yorkshire, en donde la revolución industrial alcanzó sus mayores logros. Aunque el luddismo se extendió por todo Europa y su auge y decadencia se dieron rápidamente, no por ello ha desaparecido de la mente de destacados economistas que parecen desconocer aquella vieja historia y se convierten en sus abanderados convencidos.   

El luddismo ya lo tenemos en Colombia y en el corazón de acatados economistas. El domingo 5 de agosto de 2007 el periódico EL TIEMPO, en su sección económica, publicó un artículo titulado: Las máquinas, ahora culpables del desempleo. La queja comienza por afirmar que las máquinas son las responsables de que 460000 personas no tengan empleo. Una connotada senadora de la república se quejaba y afirmaba que “el ejemplo más claro es el de las máquinas de café. Ahora con la revaluación salen baratas y han llegado a las empresas en reemplazo de las señoras que antes lo preparaban y servían”.  

No puedo afirmar que la senadora proponga la destrucción de las máquinas de café, cómo lo hicieron los obreros de Nottingham, pero no dudo que está muy cerca de proponer la prohibición de su importación y/o construcción local.  

Muy por el contrario de lo que afirman nuestros luddistas criollos, las máquinas y el desarrollo tecnológico son el motor del crecimiento económico y la generación del empleo. El uso de la maquina genera empleos entre las personas que las diseñan y construyen y, evidentemente también, entre quienes las operan y mejoran. Los oficios y tareas que hoy en día se realizan sin el uso de las máquinas no se diferencian de los que se hacían en épocas prehistóricas; son oficios sin ningún significado cuando pensamos en crecimiento y desarrollo. Aún en el caso de trabajadores no calificados, sus tareas están ligadas al uso de algún tipo de maquinaria. Basta con pasearnos por plazas de mercado y almacenes para advertir que detrás de cada producto que vemos en los anaqueles hay una máquina que intervino en su elaboración.  

Gary Becker estima que el 70% del capital industrial de las empresas norteamericanas está representado en capital humano calificado. Es impensable que todo aquel potencial creativo pueda lograr sus metas sin el uso de máquinas y desarrollos tecnológicos.  Si hay algo que diferencia al ser humano del resto de las especies vivientes es el uso de instrumentos, es por ello que resulta aterrador que aparezcan influyentes economistas y dirigentes políticos proponiendo políticas luddistas, que, cómo lo hacía J.J Roesseau, exaltan las épocas primitivas del estado salvaje.  

Otro de los argumentos que los luddistas esgrimen para apoyar su postura es la pérdida de “la dignidad del trabajo”. Ellos consideran que no es humana ni digna, además enajenante, una labor realizada con el uso de una máquina. No me imagino cómo puede ser “digno y humano” trabajar en la construcción de una autopista o cualquier obra de infraestructura sin el uso de las máquinas.  

El luddismo es una postura ideológica difícil de defender por ridícula, contra evidente  y opuesta a la naturaleza humana. No obstante es una de esas ideas zombis  que se niegan morir. Pero, aunque parezca imposible, ronda en las cabezas de despistados dirigentes políticos que se creen los salvadores de la especie humana.

Agosto 9, 2007 Publicado por Mario Zuluaga Uribe | Economía | | 3 comentarios

Solidarios por decreto-ley

“Aunque resulte una obviedad decirlo conviene insistir una vez más: el socialismo nos hace peores personas.”

Por Pablo Molina

Este artículo apareció publicado en Libertad digital (http://www.libertaddigital.es/opiniones/opinion_38688.html)

Cuando hay una catástrofe que afecta a un amplio número de ciudadanos, inmediatamente aparece el Gobierno con la bolsa de dinero lista para compensar las pérdidas sufridas. Lo hacen todos los gobiernos, sean del color político que sean, si exceptuamos el caso catalán, cuyos miembros no admiten retrasar las vacaciones así llegue el hedor de los congelados echados a perder por un apagón más allá de Perpiñán.

En el caso de los terribles incendios de Canarias, ZP ha prometido “ayudas sin límites” no sólo para reconstruir las infraestructuras dañadas o repoblar los montes quemados, sino también para subvencionar a quienes hayan perdido su trabajo temporalmente por causa del incendio (¿No está ya para eso el seguro de desempleo?) y, en general, para solucionar los contratiempos económicos que cualquier ciudadano canario haya podido sufrir por causa del fuego. “Será un decreto-ley amplio –ha anunciado ZP–, que contemplará todas las posibilidades de los daños causados, todos los supuestos”, incluidos, por tanto, los casos de aquellos beneficiarios que por su nivel de renta o patrimonio no necesiten ese dinero, aunque evidentemente harán todo lo posible por obtenerlo en competencia con el resto de afectados.

Probablemente las compañías aseguradoras habrán recibido la noticia con alborozo, pues es bastante seguro que muchas intentarán evitar hacer frente a sus responsabilidades en los siniestros gracias al maná presidencial. Y en todo caso, no faltará la picaresca de aquellos que pretendan ser compensados dos veces por el mismo daño. Aunque esto no le suele importar a los políticos. Total, el dinero no sale de su bolsillo sino de quienes pagamos impuestos, y eso por no entrar en la doctrina “calvinista” (por la ex ministra “Calvo”, aclaro innecesariamente), que decía aquello tan bonito de “el dinero público no es de nadie”.

Cuando sucede un hecho trágico como es el caso de un incendio que obliga a las personas a abandonar sus hogares, lo normal es que de forma espontánea se pongan en marcha iniciativas solidarias entre la gente que se considera vinculada a los afectados por razón del territorio o, simplemente, por la empatía natural que las personas tenemos con nuestros semejantes. ¿Por qué sucede cada vez con menos frecuencia? Pues principalmente porque todos pensamos que para eso ya está el Estado, cuyo principal empeño para extender su cuota de poder ha sido siempre expropiar las instituciones naturales de la sociedad civil responsables de activar los mecanismos de solidaridad para con los más necesitados.

Actualmente, el Gobierno de España destina un 53 por ciento de la renta nacional a la llamada “redistribución de riqueza”, esto es, a sacar el dinero del bolsillo de unos para meterlo en el de otros. Con una presión fiscal que, según los tramos, llega a límites confiscatorios, lo más natural es que los ciudadanos se inhiban moralmente ante el sufrimiento ajeno para dejar que sea el Gobierno quien resuelva el problema. Si de cada cien euros que usted paga a hacienda, más de cincuenta se destinan a esa función, nadie puede reprocharle que cuando suceda una catástrofe en la otra punta de España no acuda corriendo a su entidad bancaria para hacer una donación voluntaria.

Aunque sea impopular decirlo, el dinero que ZP va a entregar a los afectados por los incendios canarios es un factor más de corrupción moral. Contribuye a que la gente se despreocupe de asegurar su patrimonio ante ciertas eventualidades, incita a la picaresca para rapiñar ayudas aunque uno no las necesite y, en general, desactiva los mecanismos espontáneos de solidaridad en la sociedad civil. Aunque resulte una obviedad decirlo conviene insistir una vez más: el socialismo nos hace peores personas.

Agosto 4, 2007 Publicado por Mario Zuluaga Uribe | Blogroll, Economía | | Aún no hay comentarios