La economía, positiva o normativa
Por: Mario Zuluaga
Uno de los debates más hondos al interior de la ciencia económica está relacionado con el carácter positivo y normativo de la misma. La discusión empieza por decidir si la economía se apoya en hechos (lo fáctico) naturales, independientes de nuestras opiniones o pareceres, o por el contrario se apoya en nuestros juicios de valor. La discusión es importante porque de ella derivamos una posición metodológica, así: la economía es una ciencia lógica–deductiva y su tratamiento debe seguir los delineamientos de las ciencias naturales, como la física, la química, la biología…ctc, o, por el contrario, debe mantenerse en el escenario de la normatividad en virtud del apoyo que recibe de los juicios de valor que nos acompañan. A pesar de esta clara distinción metodológica, es interesante observar cómo los seguidores de la Nueva Economía del Bienestar “intentan” establecer una economía normativa libre de juicios de valor, lo que obviamente constituye una contradicción en los términos.
La discusión se inicia con lo que es conocido como La Guillotina de Hume. David Hume (1711-1776), en su obra Tratado sobre la naturaleza humana, establecía una diferencia entre dos categorías: el ser y el deber ser. Es decir, entre los hechos descriptivos que observamos en la naturaleza y los juicios de valor que emitimos. Así afirmaba: “no puede deducirse el deber ser a partir del ser”. Esto quiere decir que las proposiciones elaboradas con base en hechos observados en la naturaleza sólo pueden implicar hechos de la misma categoría y no proposiciones de carácter moral que nos obliguen a una determinada actuación o comportamiento. En términos resumidos: el ser no implica el deber ser y recíprocamente. Por ejemplo, sabemos que los leones machos asesinan a los cachorros, hijos de otros leones desplazados de la manada. De ello no se sigue que podamos deducir una proposición sobre esa actitud felina que califiquemos de buena o mala, aceptable o repugnante…ctc, o cualquier otro calificativo moral. Y recíprocamente, una ley moral o ética no nos conduce al mundo de los hechos observables, obvio.
Como las realidades sociales son derivadas de juicios de valor, entonces ellas mismas son juicios de valor, por lo tanto no pueden incluirse en la categoría de las realidades fácticas, como las encontramos en las ciencias físicas. Por ejemplo, lo que define y permite el libre mercado es una derivación de aquello que entendemos y aceptamos como libertad. Todas las restricciones, modificaciones o regulaciones que hagamos a la libertad implica eso mismo en el libre mercado. Muy por el contrario, lo fáctico no se deriva de juicio de valor alguno. Por ejemplo, la ley de la gravitación universal no se deriva de ningún juicio de valor.
Muchas personas opinan, yo entre ellas, que las disciplinas sociales, y entre ellas la economía, están confinadas a la categoría del deber ser. Esta opinión no es unánime pues encontramos a destacados economistas que quieren convencernos del carácter científico (positivo) de su disciplina. La parte más interesante de la discusión aparece cuando nos preguntamos ¿cómo podemos saber si una teoría económica es falsa o verdadera? Incluso, muchos economistas no se ponen de acuerdo con lo que debemos entender por falso o verdadero en su disciplina.
Otra vertiente del debate consiste en que muchos pensadores intentan establecer paralelos entre las disciplinas sociales y las conocidas como científicas (positivas). Karl Popper (1902-1994), filósofo austríaco, introdujo en [1] el concepto de la falsación para examinar las disciplinas científicas. Popper afirmaba que del éxito repetido de una teoría, en la explicación de hechos observables, no podía implicarse su veracidad. La razón que se arguye para tal afirmación es que el método lógico-inductivo no es aplicable a los hechos observables pues no se puede garantizar que el éxito de una teoría en la predicción de un fenómeno implique el mismo éxito en un fenómeno siguiente. Mas sin embargo, con una única vez que un hecho observable no concuerde con la predicción de la teoría es suficiente para catalogarla de falsa. Esta visión metodológica de Popper explica muy bien la forma del avance científico. La teoría A supera a la teoría B cuando explica todo lo que B explica más aquellos hechos en los que B falla.
Como es difícil trasplantar el método popperiano de contrastación de teorías al reino de las ciencias económicas, algunos economistas recurren al método de la opinión mayoritaria cómo argumento de validación alegando que eso mismo sucede en el campo científico. Por ejemplo M. Blaug, en [2], afirma que
“[…] en último término, se dirá, una proposición fáctica y descriptiva de lo que es se considerará verdadera porque nos hemos puesto de acuerdo para acatar ciertas reglas científicas que nos enseñan que hemos de considerar dicha proposición como cierta, aunque puede, de hecho, ser falsa.
Opino que Blaug tergiversa el método de convalidación científica. No acatamos una teoría porque mayoritariamente la aceptemos sino porque la contrastamos con los fenómenos observables. Un ejemplo muy significativo de ello es la Teoría de la Relatividad de A. Einstein (1879-1955). Inicialmente fue rechazada por un amplio número de destacados científicos quienes tuvieron que resignar sus ataques ante el triunfo de aquella teoría cuando predijo la inexistencia del eter, hecho comprobado por el famoso experimento de Michelson y Morley en 1887. Cuando Einstein fue congratulado por algunas personas sobre el triunfo de su disputa con los científicos que rechazaban su teoría, esto fue lo que dijo: No era necesario que muchos desaprobaran mi teoría para convertirla en falsa, bastaba con sólo una persona siempre y cuando tuviera la razón.
M. Blaug se equivoca al igualar el método de las disciplinas positivas con las normativas pues afirma, en [2], sin ninguna argumentación satisfactoria que “[…] no existe proposición empírica, descriptiva, que sea considerada cierta, que no se base sobre un consenso social definido acerca de que debemos aceptar dicha proposición sobre lo que es”. Los científicos aceptan la ley de la gravitación universal porque la pueden contrastar con los hechos experimentales, no porque haya un consenso social que la acate. O dicho de otra forma, no es lo mismo tener un consenso debido a la aprobación que tener una aprobación debido al consenso.
El lector puede estar tentado a pensar que la anterior discusión no pasa de ser una estéril controversia entre filósofos dedicados a la teoría del conocimiento. La verdad es que tiene implicaciones metodológicas y consecuencias sociales sobre la manera cómo abordamos los problemas de la economía. Por ejemplo, J.N. Keynes afirmaba que las ciencias positivas son las premisas a tener en cuenta a la hora de diseñar políticas económicas, dando a entender que el ser puede implicar el deber ser. Así dice en [3]:
“La relación de la Política económica con las ciencias físicas es entonces simplemente eso, que aquella presupone a estas, oportunamente referidas como premisas, pero nunca como conclusiones”
Este error epistemológico pone a J.N. Keynes del lado de la economía positiva y lo aleja de la economía normativa. La peligrosidad de esta visión de la economía consiste en que muchos economistas que comparten esa visión keynesiana están tentados a creer que sus recomendaciones económicas están dictadas y sustentadas en hechos científicos positivos libres de cualquier juicio de valor.
También M. Friedman acepta el carácter positivo de la disciplina económica y la eleva por encima de las ciencias naturales en virtud de la complejidad que comportan. M. Friedman va mucho más lejos que J.N. Keynes cuando, en [4], afirma que
“[…] En resumen, la Economía positiva es, o puede ser, una ciencia objetiva precisamente en el mismo sentido que cualquiera de las ciencias físicas. Naturalmente el hecho de que la economía trate de las interrelaciones de los seres humanos y que el investigador forme el mismo parte de la materia sujeto que se esta investigando, en un sentido más intimo que en las ciencias físicas, da origen a dificultades en la tarea de alcanzar la objetividad, al mismo tiempo que dota al científico social con una clase de datos no disponibles para el estudioso de las ciencias físicas”
El texto anterior nos indica que para M. Friedman no existen diferencias epistemológicas en la manera de encarar los problemas económicos. Todos los fenómenos sociales y científicos están amparados por la cobija del positivismo científico. Es decir, para M. Friedman, la distinción entre positivo y normativo parece ser irrelevante pues todo en economía es ciencia positiva.
Cito a J.N. Keynes y M. Friedman como ejemplo de economistas seguidores de la economía positiva porque ellos dos están entre los más grandes pensadores de las disciplinas económicas del siglo XX. Pero es importante advertir que el positivismo económico está generalizado, es escaso encontrar hoy en día una universidad cuya escuela de economía cultive su disciplina como una ciencia moral. Opino que los esfuerzos por edificar un entramado de pensamiento positivo en economía no sólo es un error epistemológico sino que reviste un complejo de inferioridad del que intentan sacudirse. Es un error porque, primero, no es posible zafarse de los juicios de valor y segundo, para el “éxito” de su esfuerzo se introducen simplificaciones que hacen que su modelo ni siquiera se aproxime a una borrosa caricatura.
Que una teoría económica esté basada sólo en juicios morales no la hace débil o desdeñable. Muy por el contrario; primero, la ubica en el campo de las relaciones humanas; segundo, la convierte en una disciplina áltamente compleja en donde los campos de investigación son inmensos; tercero, permite contrastarla con otras teorías con base en los logros por ellas alcanzados, algo así como una teoría económica experimental de largo plazo; cuarto, la convierte en una teoría muy dinámica que se acomoda al crecimiento intelectual de las sociedades que la acogen.
Una pregunta para terminar: ¿Acaso no tenemos una sensación de encierro anaeróbico en una clase de economía matemática?
Referencias
[1] Popper. K.. La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos, 1982a.
[2] Blaug. M.; The Methodology of Economics. Or how economists explain, Cambridge University Press, 1992
[3] Keynes. J.N. Scope and Method of political economy. Batoche Books. Kitchener 1999. First edition 1890
[4] Friedman. M. Ensayos sobre economía positiva” Editorial Gredos S. A Madrid. 1967. Primera parte. La metodología de la economía positiva
El Mito, enemigo de la libertad
Por: Mario Zuluaga
Enrique Ghersi es un prestigioso abogado peruano e influyente pensador liberal cuyas columnas de prensa han prestado un invaluable servicio a la causas del liberalismo.
En enero de 2007, en las aulas de la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala, el Doctor Ghersi pronunció una elocuente lección inaugural titulada Los límites del lenguaje y la defensa de la libertad, [1]. La conferencia se inició haciendo alusión a la obra del italiano Giambattista Vico (1668-1774), filósofo de la historia, en cuya obra más importante, La Ciencia Nueva, discurría sobre el desenvolvimiento espiral del progreso humano pasando por las etapas divina, heróica y finalmente la humana para luego retomar el ciclo.
Es extraño, y casi maliciosamente puesto, el título que Vico dio a su obra más importante si tenemos en cuenta que en 1638 Galileo Galilei (1564-1642) publicó su magna obra titulada Consideraciones y Demostraciones Matemáticas Sobre Dos Ciencias Nuevas Relacionadas Con La Mecánica y que es considerada la precursora de la ciencia moderna. Cómo nos lo cuenta el Doctor Ghersi en su conferencia, Vico y su obra permanecieron largamente olvidados hasta su redescubrimiento, por parte del historiador francés Jules Michelet, a finales del siglo XIX. Más grave hubiera sido si Galileo y sus dos ciencias nuevas, por las que casi le cuesta morir en la hoguera, hubiesen sido ignorados y sólo hasta ahora estuviésemos descubriendo los orígenes de la modernidad.
Que Galileo haya sido condenado a morir en la hoguera por haber difundido sus ciencias nuevas que no compaginaban con la grande creencia es una de las pruebas más claras de cómo el mito es enemigo de la libertad.
Uno de los puntos centrales de la conferencia inaugural del Doctor Ghersi es la postura anticartesiana de Vico que él mismo recoge con decidida pasión. Vico aseguraba que el pensamiento poético o mítico constituían instrumentos de conocimiento tan válidos como el conocimiento científico apoyado en el racionalismo.
La ciencia moderna, consideran muchos investigadores de la historia de la ciencia, se inicia con Isaac Newton (1642-1727) y constituye el triunfo del racionalismo y la base de la civilización occidental. No es concebible el desarrollo tecnológico, del que hoy disfrutamos, sin las herramientas matemáticas, altamente racionalistas, desarrolladas por Isaac Newton, contemporáneo del ilustre Vico. Los Principios Matemáticos De La Filosofía Natural, (1687), la obra cumbre de Isaac Newton, es una obra densa que por sus características sólo puede ser leída por ojos entrenados y constituye el documento más influyente en el pensamiento occidental de los últimos trescientos años. La física, la matemática, la química, la ingeniería, las comunicaciones, los desarrollos tecnológicos en casi todos los campos atinentes a la vida de hoy son herederos de aquella magna obra. Y los son, principalmente, por que sus cultores entendieron el valor del racionalismo en la investigación científica. Es bien probable que Vico no conociera la obra Newton y menos aún que pudiera comprender su alcance y significado.
Es por ello perturbador e incomprensible el intento de Ghersi de resucitar aquella despistada visión vicoiana y atribuirle a ésta una enorme importancia en el desarrollo del pensamiento liberal moderno. Concuerdo con el Doctor Ghersi cuando afirma que
“No sólo se conoce por una fórmula matemática. No sólo la geometría es conocimiento. No sólo se conoce en la fría acción de laboratorio de un químico o un físico”.
Claro. Pero sólo alcanzamos el conocimiento con el uso del argumento racionalista que se apega a las leyes de la lógica formal, que confronta sus resultados con la experiencia, así venga en la presentación de lenguaje matemático o retórico.
Los mitos se propagan en cualquier forma de lenguaje ya sea científico o poético. Cuando una explicación de un fenómeno económico, en el cual el comportamiento humano es decisorio, y siempre lo es, pretende ser avalado por el uso del lenguaje matemático, no estamos ante un argumento científico si no ante una explicación mítica o fetichista. La física, con el uso de la matemática, explica y predice fenómenos simples, susceptibles de experimentación y repetibles en diferentes lugares. Pero pretender matematizar el comportamiento humano es, hasta ahora, una quimera mítica.
El pensamiento mítico, al que Giambattista Vico le concede poderes cognoscitivos y el Doctor Ghersi comparte, es la forma desesperada de explicar lo que no entendemos; es la fuente inagotable de errores y calamidades; instalado en nuestra mente se convierte en la herramienta que utilizamos para edificar creencias y desechar ideas. Don José Ortega y Gasset distinguía entre unas y otras. Las ideas las discutimos, o las modificamos, o las desechamos; las creencias, hijas del pensamiento mítico, son difíciles de erradicar y en ocasiones nos acompañan hasta la tumba.
Como afirmaba el colombiano Estanislao Zuleta, la ignorancia no es un fenómeno de escasez, es un fenómeno de llenura mítica indigesta. Si para instruir a una persona sólo fuese necesario llenarla de información, la labor educativa sería simplísima. La gran dificultad de ésta radica en quitarle de la mente al educando la carga mítica que lo acompaña. No Sé, es una frase que le escuchamos con frecuencia al sabio, rara vez al ignorante. Éste siempre tiene explicaciones para todo lo que ve o se imagina pues está imbuído de pensamiento mítico. Instruir tiene más que ver con el verbo quitar que con el verbo meter.
El párrafo más perturbador de la conferencia del Doctor Ghersi aparece hacia la mitad de su exposición. Así decía:
“¿Porqué los liberales fracasamos en defender la libertad? Porque creemos que una curva vende más que un mito, porque creemos que una fórmula convence más que una metáfora, porque pensamos equivocada e ingenuamente que a través del conocimiento científico, y sólo a través de él, podemos defender la libertad.”
No me puedo imaginar que el camino de la defensa de la libertad sea la utilización tramposa de imaginaciones desquiciadas. Nadie ha pretendido deducir la necesidad de la libertad humana como un corolario de un teorema matemático, o derivación de leyes físicas, químicas o biológicas.
Aunque en la alocución del Doctor Ghersi escuchamos veinte veces la palabra libertad, no pudimos encontrar una explicación satisfactoria de qué es la libertad y para qué sirve la libertad. Buscar las causas de la libertad en el pensamiento mítico–retórico de Giambattistta Vico y señalar que no debemos buscarla en el racionalismo, es equivalente a decir que el agua debemos buscarla en el árido desierto de Atacama porque los caudalosos ríos de nuestra cordillera andina están secos.
Ya en el siglo pasado, la pensadora ruso-americana Ayn Rand nos explicaba los orígenes racionalistas de la libertad, [2]. Lo que distingue a la especie humana del resto de los seres vivos es justamente su capacidad de razonar, es lo que define su individualidad Y ello es justamente lo que le permite al ser humano conservar su valor más preciado: La vida. Los animales pueden supervivir con el uso del instinto, el ser humano no lo podría sin el uso del razonamiento. Es por ello que en el ámbito humano el razonamiento es una condición necesaria y suficiente para la vida. En términos de la lógica formal podemos afirmar que son realidades equivalentes. Donde digo vida digo razonamiento y recíprocamente.
Pero dentro de los mecanismos del razonamiento encontramos una de sus piezas más básicas: la facultad de elegir y decidir. He aquí lo que significa la palabra libertad: Facultad de Elegir y Decidir. Concluímos, entonces, que la libertad es una condición necesaria para el razonamiento y por lo tanto una condición necesaria para la vida.
El mito es una narración fantástica, cargada de simbolismos, que explica los elementos básicos de una cultura: origen de los hombres y animales, códigos de moral, causas de las enfermedades, métodos de curación…ctc, cuya característica principal es su distanciamiento de los métodos de la razón. Ya Aristóteles, uno de los más influyentes filósofos de la civilización occidental, exaltaba las bondades de la razón y hacía agudas críticas a los mitos como forma de conocer la realidad. Pero la grande peligrosidad del mito radica en la fuerza que toma en el imaginario colectivo, convirtiéndose en el enemigo del libre examen y la libertad.
Otro aspecto oscuro que se desprende de la conferencia del Doctor Ghersi es el intento de trasplantar al campo de la ciencia los esquemas del relativismo moral. Uno podría estar tentado a aceptar la ausencia de jerarquías éticas y morales en virtud de la diversidad cultural. Ello no ocurre en el ámbito de las sociedades científicas. Las proposiciones sobre física, matemáticas o cualquier otra disciplina racionalista y los métodos para llegar a ellas son igualmente avaladas o rechazadas por el descendiente inca, azteca, árabe o anglosajón…ctc. Y la manera de jerarquizar entre lo verdadero, lo falso y lo incompleto es común a todos ellos independiente de la etnia u origen cultural al que pertenecen. Y no son aceptadas las argumentaciones apoyadas en mitos, ni tradiciones históricas, ni retórica poética. No por dogmatismo. Por inconsistentes y deleznables.
Ya para terminar su exposición, El doctor Ghersi nos confunde al tratar de distinguir entre silogismos y argumentos. Así dice:
“No triunfaremos nunca si incurrimos en el error que denunciamos. Esto es, defender cartesianamente la libertad como consecuencia necesaria e inevitable de fórmulas, de silogismos, de curvas y de números. Solamente triunfaremos si entendemos que la defensa de la libertad se construye a partir de argumentos. Se construye a partir de figuras, se construye discutiendo, se construye rebatiendo”.
Es como si quisiera disociar el lenguaje matemático del lenguaje cotidiano como formas irreconciliables de expresión. El silogismo, la fórmula matemática, cuando cabe usarla, claro, la comprobación numérica, la ilustración gráfica, también son elementos constitutivos de los argumentos que se utilizan para convencer, validar o refutar.
Es una pena que el elocuente discurso del Doctor Ghersi, dirigido a una muy joven audiencia, estuviese más cargado de emoción poética que de análisis crítico.
Referencias
[1] E.A. Ghersi. Los límites del lenguaje y la defensa de la libertad, http://www.newmedia.ufm.edu.gt/pagina.asp?nom=ghersileccioninaugural
[2] A. Rand. La virtud del egoismo, Editorial Grito Sagrado, Buenos Aires, 2006.
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