Al oído de Joseph E. Stiglitz
Por Mario Zuluaga
En un artículo del 11 de julio de este año, [1], publicado por el periódico EL ESPECTADOR, J.Stiglitz (premio Nobel de economía de 2001) se pregunta por el fin del neoliberalismo.
Acusa a los liberales (neoliberales para Stiglitz), o mejor, a los seguidores del libre mercado, de políticas que ellos mismos han atacado. Para nuestro insigne economista el descalabro de las hipotecas subprime se debe a los liberales, ocultando que son los bancos centrales, los que crean artificialmente el dinero, quienes artificialmente han bajado los tipos de interés permitiendo con ello que los bancos comerciales se dediquen a los préstamos irresponsables e induciendo a las familias a tomar endeudamientos que no podían cancelar. ¿Puede haber algo más antiliberal que aquello? También acusa a los liberales del descalabro del sector agrícola norteamericano debido a los subsidios que no les permiten competir con los agricultores europeos. ¿De cuando acá una política de subsidios es parte del ideario liberal? También acusa a los liberales de favorecer políticas al servicio de intereses particulares. ¿No es acaso esas corruptas prácticas las que los liberales más han atacado desde los tiempos de don Adam Smith y mucho antes, desde los escolásticos españoles de la escuela de Salamanca? Son los gobiernos reguladores los que en alianza con el gran capital les han concedido a sus representantes gabelas, monopolios y preferencias especiales. ¿Puede haber algo más antiliberal que aquello?
Primero debemos advertir que la expresión neoliberalismo sólo se usa como epíteto insultante. Nadie ha podido explicar cuál es exactamente el significado que el prefijo neo le agrega a la mal tratada palabra liberal. Pero los liberales, liberales en el sentido clásico del término, o libertarios, como muchos de ellos han preferido autodenominarse, siempre recogen el guante de los señalamientos que se les imputa.
Es una pena que un eminente economista como Stiglitz, desinforme al público sobre el pensamiento libertario atribuyéndole posturas que sus seguidores no se cansan de criticar. No es el libre mercado el causante del desbarranque económico que estamos padeciendo. Nunca hemos tenido libre mercado, ¿puede un convenio entre comerciantes e industriales protegidos por sus gobiernos, exasperantemente largo y minucioso, que más parece un juego de poker entre tramposos, llamarse libre comercio? Es el exceso de estatismo regulador y proteccionista el culpable de lo que vivimos. Si no fuera por lo trágico del tema, sería un chiste observar cómo los gobiernos, asesorados por reconocidos economistas de tradición keynesiana, que intervienen el mercado, que alteran artificialmente las estructuras monetarias y fiscales, que subsidian a los gremios económicos dueños del gran capital con dinero salido de los impuestos del ciudadano raso, que expanden el crédito bancario con respaldo de los bancos emisores, y después de todo aquello, cuando nos precipitan al abismo, salgan a culpar a los libertarios (que han advertido hasta el delirio la perversidad de aquellas actuaciones) de aquella debacle.
Cuando Stiglitz cabalga a lomos del estatismo regulador contra la libertad de comercio también se opone a la libertad de expresión pues la primera es la madre de la segunda. Y quien se opone a la libertad de opinión es, por lo menos, un déspota en capullo que se apresta a someter a sus congéneres con la marca del hierro de sus vanidades y extravagantes convicciones.
No entiendo cómo el análisis reposado e incisivo propio de las aulas académicas lo confundan con el panfleto exaltado de la plaza pública. Tratar de fundamentalistas, cómo Stiglitz lo hace, a los libertarios es lo mismo que tratar de caníbal y glotón a M. Gandhi. Nadie más apartado de fundamentalismos e ideologías que un libertario a quien solamente lo asisten el amor a la libertad individual y las leyes de la lógica formal.
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