pensamiento económico

Opinamos sobre filosofía y economía política

La solidaridad del poeta

Por Mario Zuluaga 

 

En las elecciones de la semana pasada, para elegir presidente de Francia, Carlos Fuentes, el eximio novelista mexicano, nacido en Panamá, ha tomado partido y simpatías por la candidata Ségolène Royal. Lo hace por varias razones. Porque, como el mismo lo dice, ama a Francia por motivos políticos y profesionales. El mismo día en que publicó un artículo en [1] y en favor de la dama francesa, su contrincante Nicolas Sarkozy  ganaba las elecciones para dolor y pena de don Carlos. 

 

Las tonterías y contradicciones con las que el ilustre mexicano se aproxima a lo que él entiende por derecha e izquierda son más propias de sus ardores de juventud progresista que de analista político. Catalogar a Sarkosy de derechas es un chiste; en Francia, el último liberal, de derecha para Fuentes, ya no está entre nosotros: El gran Jean Francois Revel.   

 

Sarkosy, quien mantendrá los impuestos en el cincuenta por ciento, sólo les advierte a una inmensa horda de vagos y parásitos franceses, renuentes al cambio, que no es posible mantener el estado de bienestar si Francia no aumenta su laboriosidad y productividad. 

 

Don Carlos confunde derechos con objetivos. Una cosa es que las personas tengamos el derecho a conseguir con esfuerzo y trabajo una vivienda, un oficio, una salud y otra muy distinta a que eso mismo nos lo den por las vías impositivas del estado protector. Es obvio que el objetivo de cualquier país decente consiste en que sus ciudadanos alcancen aquellos elementos mínimos de supervivencia. Pero aquellos no pueden erigirse en derechos constitucionales. Que esos “derechos” estén plasmados en una carta constitucional no es garantía de su realidad, a menos que se le violen los derechos a quienes los han de proveer. Y de eso no nos habla don Carlos. 

 

Y como todo lo pasado puede ser citado en causa propia, el izquierdismo de don Carlos intenta reconciliarse con el mercantilismo de Jean Baptiste Colbert, sin advertir que la odiosa y elitista práctica colbertiana se contradice con sus ideas de izquierda. Supongo yo. Colbert, el espléndido ministro de finanzas de Luis XIV, el rey sol, fue quien se inventó el monopolio moderno y quien aseguraba que un país se enriquecía haciéndole la guerra comercial, y no comercial también, a sus vecinos.  

 

 La lúdica visión del novelista está vacunada contra la cruda realidad. Don Carlos reconoce, y tontería sería negarlo, que Francia tiene más del diez por ciento de desempleo y más de dos millones de pobres. Pero ello no le dice nada a don Carlos, para él lo importante es que ese fracasado modelo se perpetúe con la condición de mantener el mote de socialista. Autismo político de tomo y lomo. 

 

La sacralización del Estado la encontramos en las opiniones de quienes no esconden sus instintos tiránicos, contraponiéndolas a las bondades del mercado. ¿No es acaso el libre mercado la  auténtica manifestación de la libertad de opinión? Pero eso tampoco lo advierte don Carlos. También tiene don Carlos un sentido bizarro de la solidaridad: es aquella que se practica con sangre, con la marca de hierro del estado totalitario y con el dinero ajeno.  

 

Carlos Fuentes, novelista, ensayista, cuentista, comediante y hasta poeta, se siente autorizado para mezclar, diagnosticar, recomendar y confundir todo lo que ha leído en su ya larga vida. 

 

 

[1] Carlos Fuentes. Sarko y Sego: fundamentales diferencias http://www.eltiempo.com/tiempoimpreso/edicionimpresa/opinion/2007-05-06/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3545075.html

Mayo 7, 2007 Publicado por Mario Zuluaga Uribe | Política | | Aún no hay comentarios

El pensamiento progresista

Por Mario Zuluaga 

Héctor Abad Faciolince es un escritor colombiano, más conocido por sus artículos semanales de prensa en la revista SEMANA que por su incipiente producción literaria. Su familia ha tenido que soportar momentos muy amargos cuando su padre, un exitoso médico experto en salud pública, defensor de los derechos humanos, muere vilmente asesinado a manos de comandos paramilitares. 

No he leído sus novelas y cuentos, o muy poco, pero sus columnas semanales las leo de tiempo en tiempo. Tengo enormes dificultades, lo reconozco, en leer a novelistas con quienes tengo diferencias de pensamiento político; cuando leo la primera página me invade una extraña sensación de estafa que me impide continuar a la segunda. No lo conozco personalmente, mas, por la manera cómo escribe y la solidaridad que me suscita su dolor, me parece un hombre decente, franco, noble y despistado. Es ese tipo de personajes al que me gusta enfrentar.  

Él representa a aquella clase de intelectual colombiano que se define como libertario y demócrata, no sé por qué, quizás  por razones de su oficio, o porque lo afirma a secas. El novelista es muy leído, el ensayista menos, el pensador muy poco, o nada. Y, claro, ya sabemos, la profundidad y el rigor se mueven en sentido inverso.  

Abad publicó recientemente un artículo en la revista SEMANA, [1], en la que define a los de su clase. Es muy interesante, pues, en un escrito muy corto, logra un retrato de su talante y su desprecio por el rigor y la lógica formal, desprecio que comparten los seguidores de lo “políticamente correcto”. Siempre he creído que todos tenemos el derecho a pequeñas dosis de incoherencia, inevitables por demás, pero no hay derecho a contradecirse en un mismo párrafo. Y Abad, como toda la “progresía” subsidiada del mundo, lo hace con impudicia. Veamos unos ejemplos: 

Dice Abad, el libertario: Me declaro, en casi todas las cosas de la vida, un individualista: creo que cada uno debe poder leer, comer, estudiar, creer, producir y pensar lo que le parezca. No sin antes haberse declarado un incrédulo enemigo de “la mano invisible” de Adam Smith.  

No entiende nuestro ilustre novelista que esas sumas de libertades, esparcidas dentro de toda la comunidad, que definen al libertario, que están enraizadas con profundos principios morales y éticos enaltecedores de la especie humana, que sin ellas la vida no tendría sentido, definen, exactamente, la mano invisible.  

De lo que se cuida Abad, al no escribirlo en su desideratum,  es de la libertad de intercambiar bienes y servicios. ¿Puede tener algún sentido reclamar el derecho a opinar y al mismo tiempo negar el derecho a intercambiar mercancías?  También pregunto: ¿no representa, acaso, el libre intercambio, en su sentido lato, la libertad de expresión? O también, ¿no intercambia libremente el novelista sus imaginaciones y locas fantasías por el dinero del lector?   No es el buen juicio y el razonamiento lógico los favoritos de los intelectuales de izquierda. Se contentan con la ideología y el eslogan. 

En su artículo, Abad entra en crisis con el tráfico automotor de las ciudades y eso lo conduce a hacer comparaciones y proponer remedios. Lo interesante de todo aquello es que toda su catadura de “progre” se muestra desnuda cuando analiza y recomienda.  

Primero se lanza contra Ciudad de México, la califica de infierno y la culpa de su caos al… querer imitar a los gringos sin tener los recursos ni el territorio. Y más adelante agrega: Estados Unidos es una pesadilla disfrazada de sueño. Berlín, dentro de lo que cabe en una metrópolis contemporánea, se acerca al Paraíso. No es posible ser “progre” sin exhibir primero el antiamericanismo. Ya el recién fallecido  J.F Revel nos advertía que los socialistas sin antiamericanismo se quedan sin pensamiento político. 

Y también es ecologista, no faltaba más, todo progresista debe serlo. Así dice: Usar así el territorio en la cordillera es un despropósito ecológico: convierte en desiertos nuestras montañas, pudre las aguas desde su nacimiento, masacra los bosques y contamina las nubes convirtiéndose en un réquiem para el aire. Si los planificadores del Ministerio de Obras Públicas acataran las opiniones de este insigne poeta, nuestra Colombia quedaría completamente aislada y paralizada, pues acá nos movemos entre montañas. 

Como todos los de izquierda, conoce del buen y mal vivir. Cuando se refiere a las grandes ciudades norteamericanas, diseñadas para los automóviles, nos aclara: allá viven, aislados y hartos, en falsos paraísos de sin igual aburrimiento doméstico. Como buen medellinense, no concibe la dicha y el confort fuera de los límites de su ciudad natal. 

También es profeta, los de izquierdas lo son. Decía E.M Cioran, pensador rumano, que los profetas tienen un gusto por el futuro y una aversión por la dicha. Pues así dice nuestro hombre cuando se refiere al “precario control” del tráfico gringo:… con el crecimiento de la población, tiende a volverse cada vez más inestable, y tarde o temprano va a colapsar.  

Pero lo más fantástico es cuando nos empuja a las más altas cumbres del éxtasis progresista, allí nos enseña sus soluciones, soluciones eternas, soluciones de ayer hoy y mañana. Lean esta perla: … corregimos el modelo desde ya, no mediante libertad económica y tolerancia, sino con una mano estatal rigurosa e implacable: teutónica. En esto no sirve la libertad sino la tiranía iluminada. (La negrilla es mía).  

Está todo dicho, aquello me produce ira muda. El que no vea allí, en ese batiburrillo loco y desproporcionado, a Stalin, Mao, Hitler, Castro y Pol Pot es que no quiere ni ver ni entender. Y si eso lo dice nuestro insigne vate, a quien he calificad de noble y decente, qué es lo que no podemos imaginar de los ideólogos militantes de esa ríspida “progresía” de rompe y rasga. 

Después de contarnos de su periplo por otras partes del mundo, y con la exaltación del provinciano por su viaje, nos escribe desde Berlín, en donde disfruta de una beca. Todo gracias a la globalización a la que, no lo hace acá, pero lo ha hecho antes, se opone con ardentía. Allá las cosas funcionan de maravilla, dice Abad: tráfico ordenado, casi imperceptible, todo muy silencioso  y lo mejor de todo: no es privado. Así nos lo relata: un transporte público estatal y eficiente, estímulo a la bicicleta y a la caminata, con centros cerrados, taxis carísimos, y unos pocos señores en ridículos Mercedes y Ferraris que hacen fila y añoran bajarse para poder llegar rápido en esos buses y trenes que los sobrepasan raudos por la derecha y por la izquierda.  

Cierra con broche oro, nos enseña el rasgo genético del “progre” de pura cepa: odio por la propiedad privada, la de los demás, no la de ellos, claro, y alergia por los signos de riqueza y progreso. De lo que se abstuvo Abad de comentarnos fue que lo que recibía de su beca era la mitad o menos, el resto son impuestos; que cuando encendía el televisor para ver las noticias de la Deutsche Welle tenía que pagar una irritante sobretasa; que cuando, un domingo, quería comprar una cerveza o una salchicha tenía que esperar hasta el lunes, pues en la social democracia los fines de semana no se trabaja. Para ello está el estado benefactor que los ampara.

 

 

[1] http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?idArt=98659

Diciembre 5, 2006 Publicado por Mario Zuluaga Uribe | Política | | 1 comentario