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Comentarios sobre la Teoría del Valor

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Ludwig Von Mises (1981-1973)

En 1920 Ludwig Von Mises (1881-1973) publicó un ensayo titulado El Cálculo Económico en el Sistema Socialista, [1], en el que nos demuestra la imposibilidad del cálculo económico en sistemas de economía centralizada como la que propone el marxismo. El  error que señala Mises va dirigido a la teoría del valor propuesta por K. Marx (1818-1883). Mises exhibe dos errores de aquella teoría: El primero consiste en que el cálculo del trabajo en el modelo marxista falla al dejar por fuera el consumo de factores materiales de producción. El segundo en que, en el marxismo, no se tiene en cuenta las diferencias en la calidad del trabajo. El trabajo especializado se considera un aumento del trabajo simple. Lo que Mises no advierte en su ensayo es el carácter contradictorio de la teoría del valor-trabajo de Marx, atribuyéndole, mas bien, fallas relacionadas con la posibilidad de recolectar información de los precios del mercado.

Concluye Mises que sólo en sistemas de mercado es posible el cálculo económico y afirma: “Donde no hay mercado no hay sistema de precios y donde no hay sistema de precios no puede haber cálculo económico”. De otra parte, donde no hay propiedad privada no podrá aparecer el mercado, pues entendemos que para darse un mercado es necesario que los actores de aquél dispongan de libertad para ejercer intercambios y éstos son prohibidos en regímenes con economías centralizadas. Mercado y propiedad privada son condiciones necesarias y suficientes del uno para la otra.

Propiedad privada y libertad son logros de la cultura griega mediterránea que floreció al amparo de una intensa actividad comercial. Ya el gran geógrafo e historiador Estrabón (63 ac-24dc), refiriéndose a los redactores de la Constitución de la antigua Creta decía: “La libertad es el mayor bien que el estado puede ofrecer a los ciudadanos, reconociendo que los bienes pertenecen a quien los adquiere. En los regímenes de esclavitud los bienes son de los gobernantes”.

Lo anterior no implica que en un sistema socialista no se pueda establecer un sistema de intercambio de productos. Podemos pensar, por ejemplo, que los productores de cueros de res curtidos podrán intercambiar su producto con los fabricantes de zapatos…ctc. Pero sin un sistema de precios no es posible calcular la eficacia de la manufactura e intercambio de productos.

Aunque muchos socialistas en la época de Marx encontraban cierta incapacidad del cálculo económico basado en la teoría del valor-trabajo que aquel había formulado, poca importancia le daban a ello puesto que su objetivo principal era, y lo es hoy, “la producción y distribución uniforme y ordenada de todos los bienes y servicios de la sociedad”. No advertían aquellos críticos que en economías complejas ello los conduciría a la incapacidad de medir el  desperdicio y la ineficiencia que se puede presentar en la realización de cualquier labor. Un sistema de precios en una economía de libre mercado es la herramienta que permite minimizar los errores de la actividad económica.

En Anti-Dühring, [2], F. Engels (1820-1895) nos dice que  

“…La cantidad de trabajo social inherente a cualquier producto no requiere ser confirmada en forma indirecta; la experiencia diaria demostrará cuánto trabajo será necesario como término medio. La sociedad puede fácilmente calcular cuántas horas de trabajo requiere un motor a vapor, un hectolitro de trigo de la última cosecha o cien metros cuadrados de paño de cierta calidad. Evidentemente, la sociedad tendrá que averiguar cuánta obra de mano es necesaria para la fabricación de cada artículo de consumo. Tendrá que basar sus planes en un estudio de los medios de producción con que puede contar, y claro que la fuerza de trabajo cae dentro de esa categoría. La utilidad de los diferentes bienes de consumo comparados entre sí y contra la obra de mano necesaria para su producción determinará finalmente el plan a seguir. El pueblo decidirá fácilmente todo, sin la intervención del tan mentado valor

Es muy engañoso el uso de la palabra sociedad en el párrafo anterior. Aunque tiene un sonido a democracia y libre intercambio de opiniones, lo que realmente significa es poder central y tiranía. La frase “El pueblo decidirá fácilmente todo, sin la intervención del tan mentado valor” nos indica la despreocupación del marxismo por la teoría del valor. Cómo veremos más adelante, toda la economía política descansa en el concepto de valor y su mal entendimiento le quita el piso científico a los conceptos de plusvalía y crecimiento económico. 

El cálculo económico sólo puede darse en economías de mercado. En economías centralizadas dicho cálculo no es posible,  y no lo es puesto que la teoría del valor definida en términos de trabajo, cómo lo propone el marxismo, es inconsistente. En este artículo me propongo demostrar las inconsistencias lógicas en la teoría del valor-trabajo del marxismo.

Empecemos por leer lo que K. Marx nos dice acerca del valor de una mercancía en su obra Salario Precio y Ganancia [3]:  

Cuando consideramos las mercancías como valores, las consideramos exclusivamente bajo el sólo aspecto de trabajo social realizado, plasmado, o si queréis, cristalizado .   

Y agrega:  

¿cómo se miden las cantidades de trabajo? Por el tiempo que dura el trabajo, midiendo éste por horas, por días, etcétera. Naturalmente, para aplicar esta medida, todas las clases de trabajo se reducen a trabajo medio o simple, como a su unidad de medida”.  

Finalmente concluye diciendo que  

los valores relativos de las mercancías se determinan por las correspondientes cantidades o sumas de trabajo invertidas, realizadas, plasmadas en ellas.”

Como el trabajo cae en la categoría de las mercancías, vemos  que la definición marxista del valor-trabajo viola las reglas elementales de la lógica formal, pues el valor del trabajo no puede medirse en términos del valor del trabajo (lo definido no puede hacer parte de la definición). Marx era consciente de aquella contradicción cuando afirmaba que

Si dijésemos que el valor de una jornada de trabajo de diez horas equivale a diez horas de trabajo, o a la cantidad de trabajo contenido en aquéllas, haríamos una afirmación tautológica, y además, sin sentido”.

Al querer zafarse de aquel sinsentido, introduce el concepto de “fuerza de trabajo”, y después de largos rodeos termina diciendo que  “El valor de la fuerza de trabajo se determina por el valor de los artículos de primera necesidad imprescindibles para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza de trabajo”.

En el pasaje anterior es imposible no imputarle a Marx su falta de honradez científica, pues es evidente que los artículos necesarios para perpetuar la fuerza de trabajo se miden en términos de la fuerza de trabajo que justamente quiere definir. Vuelve Marx a pecar contra la lógica y no por error involuntario.

Con este errado concepto de valor-trabajo, K. Marx define el concepto de plusvalía que ha servido como herramienta de los socialistas para afirmar que el enriquecimiento de los dueños de producción es producto de la expropiación a la clase obrera. En forma sucinta la plusvalía la expresamos así: El obrero vende su fuerza de trabajo que, supongamos, está representada por seis horas de trabajo diario. Como el capitalista contrata al obrero por un día, le exige trabajar seis horas más, en total 12 horas. Pues bien, esas seis horas diarias adicionales, que Marx llama plustrabajo, el capitalista se las apropia. Su valor es llamado plusvalía. Veamos, cómo lo explica K. Marx:

“…El valor de la fuerza de trabajo se determina por la cantidad de trabajo necesario para su conservación o reproducción, pero el uso de esta fuerza de trabajo no encuentra más límite que la energía activa y la fuerza física del obrero. El valor diario o semanal de la fuerza de trabajo y el ejercicio diario o semanal de esta misma fuerza de trabajo son dos cosas completamente distintas, tan distintas como el pienso que consume un caballo y el tiempo que puede llevar sobre sus lomos al jinete. La cantidad de trabajo quesirve de límite al valor de la fuerza de trabajo del obrero no limita, ni mucho menos, la cantidad de trabajo que su fuerza de trabajo puede ejecutar. Tomemos el ejemplo de nuestro hilador. Veíamos que, para reponer diariamente su fuerza de trabajo, este hilador necesitaba reproducir diariamente un valor de tres chelines, lo que hacía con su trabajo diario de seis horas. Pero esto no le quita la capacidad de trabajar diez o doce horas, y aún más, diariamente. Y el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de la fuerza de trabajo del hilador, adquiere el derecho a usarla durante todo el día o toda la semana. Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas diarias. Es decir, que sobre y por encima de las seis horas necesarias para reponer su salario, o el valor de su fuerza de trabajo, el hilador tendrá que trabajar otras seis horas, que llamaré horas de plustrabajo, y este plustrabajo se traducirá en una plusvalía y en un plusproducto. Si, por ejemplo, nuestro hilador, con su trabajo diario de seis horas, añadía al algodón un valor de tres chelines, valor que constituye un equivalente exacto de su salario, en doce horas incorporará al algodón un valor de seis chelines y producirá la correspondiente cantidad adicional de hilo. Y, como ha vendido su fuerza de trabajo al capitalista, todo el valor, o sea, todo el producto creado por él pertenece al capitalista, que es el dueño pro tempore  de su fuerza de trabajo. Por tanto, adelantando tres chelines, el capitalista realizará el valor de seis, pues mediante el adelanto de un valor en el que hay cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a cambio un valor en el que hay cristalizadas doce horas de trabajo. Al repetir diariamente esta operación, el capitalista adelantará diariamente tres chelines y se embolsará cada día seis, la mitad de los cuales volverá a invertir en pagar nuevos salarios, mientras que la otra mitad forma la plusvalía, por la que el capitalista no abona ningún equivalente. Este tipo de intercambio entre el capital y el trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista o al sistema de trabajo asalariado, y tiene incesantemente que conducir a la reproducción del obrero como obrero y del capitalista como capitalista…”

En el inicio del texto anterior K. Marx nos dice que

El valor de la fuerza de trabajo se determina por la cantidad de trabajo necesario para su conservación o reproducción, pero el uso de esta fuerza de trabajo no encuentra más límite que la energía activa y la fuerza física del obrero” 

Ésto es, las seis horas diarias que trabaja el obrero son todas las que físicamente puede trabajar. No obstante  Marx nos dice que el capitalista

“… Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas diarias…”

y así apropiarse, indebidamente, de seis horas de plusvalía. Esta contradicción es flagrante y no se resuelve con sólo negarla, cómo lo hace K. Marx cuando afirma:

“…La cantidad de trabajo que sirve de límite al valor de la fuerza de trabajo del obrero no limita, ni mucho menos, la cantidad de trabajo que su fuerza de trabajo puede ejecutar” .

Concluimos, pues, a la luz de la teoría del valor marxista, que para salvar la definición de plusvalía es necesario otorgarle al capitalista la sobrehumana capacidad de poner a trabajar un muerto.

Pero cuando es F. Engels quien nos explica el concepto de plusvalía, la discusión alcanza niveles superiores de delirio y prepotencia teutónica. Veamos:En el ensayo El Capital de Marx,[4], F. Engels nos dice que

Desde que hay en el mundo capitalistas y obreros, no se ha publicado un solo libro que tenga para los obreros la importancia de éste. En él se estudia, por primera vez, la relación entre capital y trabajo, eje en torno del cual gira todo el sistema de la moderna sociedad, y se hace con una profundidad y un rigor sólo posible en un alemán.” (la negrilla es mía)

Y más adelante nos explica la plusvalía con el siguiente ejemplo:

“…Supongamos que el salario semanal de un obrero equivale a tres días de trabajo; si el obrero comienza a trabajar el lunes, el miércoles por la noche habrá reintegrado al capitalista el valor íntegro de su trabajo. Pero, ¿es que deja de trabajar una vez conseguido esto? Nada de eso. El capitalista le ha comprado el trabajo de una semana: por lo tanto, el obrero tiene que seguir trabajando los tres días que faltan para ésta. Este plustrabajo del obrero, después de cubrir el tiempo necesario para reembolsar al patrono su salario, es la fuente de la plusvalía, de la ganancia, del incremento progresivo del capital…

El ejemplo anterior nos dice que aunque el obrero trabaja los seis días de la semana, el capitalista sólo le reconoce tres. Eso, así expresado, constituye la descripción de un robo o una estafa o el incumplimiento de un contrato por parte del capitalista y no la explicación del concepto marxista de la plusvalía. Ya no estaríamos ante un problema económico sino judicial. No tiene sentido afirmar que el salario de seis días de trabajo equivalga al trabajo de tres. Pero intentemos recomponer el ejemplo: cuando Engels dice que

… “el salario semanal de un obrero equivale a tres días de trabajo”,

debemos suponer que refiere a la fuerza de trabajo del obrero que Engels reparte en tres días. Bien podrá repartirse en dos días o en cuatro o cinco…ctc. Si el obrero no puede, físicamente, ofrecer más fuerza de trabajo a la que está representada por aquellos tres días, es claro que no podrá trabajar los otros tres y en ese caso el concepto de plusvalía carece de sentido.

Tratemos de mirar, entonces, el problema desde el punto vista de los precios y salarios. Tasar la fuerza de trabajo asignándole un número no nos brinda ninguna información sobre su significado. Por ejemplo, decir que una camisa vale $20 no es una información satisfactoria hasta tanto no nos digan cuanto vale otra mercancía que nos permita compararlas. Si por ejemplo nos dicen que además un pantalón vale $40, la información empieza a tomar mejor forma puesto que ya sabemos que relación existe entre los dos artículos. Es por ello necesario que en el análisis de la plusvalía conozcamos de otro valor que permita compararlos.

Aunque, como ya lo habíamos advertido, la teoría del valor trabajo del marxismo es tautológica y por consiguiente inconsistente, continuaremos aceptándola para sacar de ella todas las conclusiones.

Es claro que una misma “cantidad” de fuerza de trabajo puede servir para generar mercancías de distinto valor de cambio: con una unidad de fuerza de trabajo de un obrero se puede crear un vestido tosco de albañilería o el vestido de una reina. Por consiguiente el concepto de plusvalía no puede desligarse del valor de cambio de la mercancía que la involucra. En caso de no aceptarse lo anterior tendremos que aceptar que estamos en el caso del robo o estafa con el que iniciamos el análisis.Ahora bien, una vez tasadas la fuerza de trabajo constante del obrero, el numero de días de la semana que consideremos (seis en este caso) y el valor de cambio total de la mercancía producida, podemos definir el salario del obrero en términos de días. Por ejemplo: si la fuerza de trabajo del obrero la estimamos en $48 y la mercancía producida por aquella fuerza en $96, concluímos, siguiendo a Engels, que el salario diario que el capitalista pactó con el obrero es de $16 y que lo que se le está pagando es lo correspondiente a tres días. En la lógica de Engels, entonces, la plusvalía será la diferencia, ésto es, tres días.Supongamos ahora que la mercancía producida tiene un valor de $72. Como la fuerza de trabajo permanece constante, razonando como antes, llegamos a que el salario diario del obrero es de $12 (72/6=12) y la fuerza de trabajo del obrero quedará ahora representada por 4 días (48=4x12). Llegamos entonces a que, en la lógica de Engels, la plusvalía cambia de tres días a dos días.

Si, como en los casos anteriores, consideramos que la mercancía producida tiene un valor de cambio de $144, llegamos a que la plusvalía será de cuatro días. Así sucesivamente. También, si la mercancía vale $38 no habrá plusvalía y si su valor de cambio es menor de $38 tendríamos plusvalía negativa. La plusvalía negativa no tiene sentido bajo la teoría del valor trabajo del marxismo puesto que para él la incorporación de fuerza de trabajo a una mercancía, aumenta el valor de ésta y nunca lo disminuirá.

Vemos, entonces, de los casos anteriores, que para una misma fuerza de trabajo podemos tener infinitas asignaciones de plusvalía, lo que hace que dicho concepto sea equívoco.

Resumimos la discusión diciendo que si aceptamos el concepto de fuerza de trabajo como medida del valor, la plusvalía, en el sentido marxista, equivale a una estafa o incumplimiento del contrato por parte del patrono. Como no nos queda más camino que usar el valor de cambio como punto de referencia, ello nos conduce a que el concepto de plusvalía quede indefinido.

Un hipotético contradictor nos dirá que no encuentra ninguna contradicción con que una misma fuerza de trabajo pueda tener varias plusvalías como producto de los distintos valores de cambio que estemos considerando. En este caso le contestaríamos que está confundiendo plusvalía (en el sentido marxista) con ganancia, que puede ser, por ejemplo, negativa y no afectará el valor de la fuerza de trabajo del obrero.Es evidente que el concepto de plusvalía así presentado por Marx y Engels, cae más en el terreno del panfleto exhortatorio a la confrontación de colectivos que en el del análisis científico.

La teoría del valor-trabajo del marxismo cae dentro del grupo de las teorías del valor llamadas objetivas. No cabe duda que cualquiera de ellas que adoptemos nos conducirá a contradicciones y conclusiones disparatadas. Es muy curioso que teorías que padecen de inconsistencias o simplemente son erradas, los economistas las califiquen de “objetivas”.

La teoría objetiva del valor aparece con Adam Smith (1723-1790). En su obra La riqueza de las Naciones, [5], Smith reconoce dos precios para las mercancías: uno el precio natural, que se determina por los costos de producción, y el otro es el precio del mercado, y afirmaba que éste tiende a igualarse con el primero en condiciones de libre intercambio. Esta teoría, conocida como clásica, motivó a algunos economistas de fin de siglo XIX, como Vilfredo Pareto, Léon Walras y otros a aceptar la teoría del precio objetivo de las mercancías y el libre mercado como única manera de lograr aquel precio objetivo en un proceso de convergencia.

Además inician, lo que es conocido como la matematización de la economía, la creación de modelos que les explicara los estados de equilibrio y los ciclos económicos. Esa corriente de pensamiento económico neoclásico ha llegado hasta nuestros días a niveles de extrema sofisticación y ha convertido al economista de ahora más en un político e ingeniero social que un pensador de la acción humana. La economía, ciencia de la escasez y el apetito, ha sido arrancada del ámbito de las ciencias sociales y ha ido a parar a los terrenos de la matemática aplicada. La teoría de la Probabilidad; la Estadística; el Análisis Funcional, lineal y no lineal; las Ecuaciones Diferenciales (ordinarias y parciales); los Procesos Estocásticos; la Teoría de Juegos; los Autómatas Celulares y hasta la Teoría del Caos son ahora las herramientas del economista de hoy.

No existen modelos matemáticos que no hagan uso de hipótesis y restricciones, mismas que en manos de economistas, políticos o asesores de ellos, se traducen en ataduras de la libertad humana. Una centralización de precios, ofertas y demandas por parte del estado (subastador) simplifican los modelos matemáticos que nos explican la competencia perfecta. Impuestos, aranceles,  regulaciones, tasas y sobretasas…ctc son las recetas que se imponen para que el modelo matemático “funcione”.

Con mucha frecuencia se confunden las relaciones económicas con las relaciones matemáticas. Por ejemplo, cuando se considera una función de precios expresada en términos del precio promedio, su sinsentido económico es evidente pues el efecto no puede ser anterior a la causa, no obstante desde el punto de vista de la matemática sí es posible pues no es función de ella preguntarse por la validez del modelo sino expresar relaciones entre variables abstractas.

Tres grandes dificultades se advierten en los modelos económicos matematizados: La primera consiste en que aquellos dejan de lado las motivaciones éticas, filosóficas, culturales e históricas que los harían humanamente aceptables y confiables. Por ejemplo: un marcado sentido de la justicia y la eficiencia, individual o colectiva conducirá a optar por políticas económicas liberales o colectivistas, respectivamente. Es evidente que sin una visión marxista del mundo, a luz del materialismo dialéctico, no hubiese aparecido un régimen comunista como el de la antigua Unión Soviética, por ejemplo. También, aunque la máquina de vapor inventada por el mecánico inglés Thomas Savery (1650-1715) y perfeccionada por Thomas Newcomen (1663-1729) y el mecánico escocés James Watt (1736-1819), la humanidad no hubiese presenciado una revolución industrial de los siglos XVIII y XIX sin los principios de libertad que la inspiraron.

La segunda dificultad la encontramos en la verificación del modelo con la realidad. Vemos cómoL.V. Kantorovich (1912-1986), entusiasta economista de los modelos matemáticos, así nos lo explica:

“…Resulta especialmente importante la verificación de la influencia de la diferencia existente entre el modelo y la realidad sobre el resultado obtenido y la corrección del resultado o del modelo mismo. A menudo no se hace esta parte del trabajo. La parte difícil de la realización de un modelo consiste en la recolección y a menudo la elaboración de los datos necesarios, los que en muchos casos tienen errores considerables y a veces están completamente ausentes porque nadie los había necesitado antes. Hay dificultades de principio en los datos de pronóstico del futuro y en la estimación de los variantes del desarrollo industrial..” [6].

La tercera dificultad nace en los análisis matemáticos de la economía cuando consideramos los equilibrios competitivos y los óptimos de Pareto en la economía de bienestar. El principal resultado (“teorema”), para el caso de costos fijos, precios fijados por el estado y con ausencia de rendimientos crecientes, viene expresado de la siguiente forma: Todo equilibrio competitivo es un óptimo de Pareto y recíprocamente, todo óptimo de Pareto se le puede asociar un sistema de precios para el cual hay un equilibrio competitivo.  

Este resultado de la economía, que conduce a la implementación de la competencia perfecta como una meta de planificación estatal, implicaría para su validez un inimaginable conjunto de restricciones estatales coercitivas de las libertades individuales.

Caben aquí algunas reflexiones dignas de consideración: ¿son ordenables los óptimos de Pareto? O dicho de otra forma: ¿entre dos óptimos de Pareto cual es el más óptimo? O también: ¿pueden ser dos óptimos de Pareto contradictorios entre si? Podemos pensar que las libertades individuales que no violen las libertades de terceros es un óptimo de Pareto. Siendo ello así, las restricciones del ESTADO a la acción humana serían inaceptables por su carácter contradictorio. Con esta línea de argumentación llevaríamos a la  economía de bienestar actual a una crisis insoluble. En este punto de la discusión no tenemos otras herramientas, distintas de aquellas de orden filosófico, ético e histórico, que nos den luces sobre los problemas básicos de la economía.

De otra parte, los estados de equilibrio económico están inspirados, las más de las veces, en los puntos estacionarios de sistemas dinámicos. No siempre estos puntos son de equilibrio, algunas veces son puntos de gran desequilibrio que, además de nunca alcanzarse, constituyen puntos “muertos” no deseables e imposibles de representar un escenario económico real.

Las escuelas más conocidas de esta nueva economía son el monetarismo y el keynesianismo. Con ellas el Estado, y los gobiernos, sus administradores, se ha convertido en el eje central de la vida económica. Aquél, cual hueco negro, se chupa hasta los más mínimos vestigios del libre intercambio; no existe actividad económica alguna que no conlleve un tributo para aquel insaciable Leviatán hobessiano. Ya en el siglo XIX, Frederic Bastiat nos advertía que “El ESTADO es aquella ficción en donde cada uno se esfuerza en vivir a costa de los demás.

Con grande éxito los economistas de la escuela austriaca han rescatado lo que, en contraposición a la teoría objetiva, han decidido llamar la teoría “subjetiva” del valor.  El valor de una mercancía es una expresión de la relación binaria que establecen vendedor y comparador que depende del tiempo, el lugar, la cultura de los contratantes, la moda y hasta, agregaría yo, el estado de ánimo de aquellos. No es “objetivo” y menos medible, y no lo es porque está compuesto de intangibles.

La teoría subjetiva del valor es muy anterior a la reestablecida por la escuela austriaca iniciada por Karl Menger (1840-1921). Aquella la encontramos en los trabajos de los escolásticos españoles del siglo de oro español que va de mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII. Juan de Mariana,(1536-1623) sacerdote jesuíta, es el más representativo exponente de aquella generación de “liberales”. Sobre el aumento de precios, y sin usar la palabra inflación, nos dice:

Si baja el dinero del valor legal, suben todas las mercadurías sin remedio, a la misma proporción que abajaron la moneda, y todo se sale a una cuarta”,[7],

advirtiéndonos del efecto pernicioso de la disminución del metal precioso en las monedas y por lo tanto en el aumento de las mismas en el torrente monetario.

Diego de Cobarrubias y Leyva (1512-1577), obispo de Segovia y ministro de Felipe II, expresaba con claridad el concepto de la teoría subjetiva del valor cuando afirmaba que:

“…el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso, aunque tal estimación sea alocada…” y lo ilustraba diciendo que “…en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares”[8].

Luis Saravia de la Calle es el primero en demostrar que son los precios los que determinan los costos de producción y no al revés, cuando en su obra Instrucción de mercaderes, [9], nos dice que

los que miden el justo precio de las cosas según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros

Una excelente exposición sobre los escolásticos españoles del siglo XVI la encontramos en el libro Nuevos Estudios de Economía Política, [10], de Jesús Huerta de Soto.

El manuscrito original del libro Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Caroll no vale un céntimo entre indios aymaras de habla quechua, entre coleccionistas de obras clásicas de la literatura universal puede valer una bonita fortuna. Las expectativas sobre un bien difieren de comparador a vendedor y es ello lo que permite el intercambio; y no es porque sólo uno de ellos posea información que el otro ignore (información asimétrica) sino que las apetencias y usos del bien difieren de una persona a otra. No es pues una relación de gana-pierde, cómo muchos sostienen, sino de gana-gana.

Un hombre que tenía una enorme dificultad para encontrar su talla de calzado se sintió muy complacido al encontrar en una tienda remota unos zapatos que se acomodaban a su gran talla de pie. Aunque fueron cien dólares lo que le cobró el vendedor por el par de zapatos, el agradecido comprador le dijo: si me hubieras cobrado doscientos dólares, gustoso te los hubiera pagado. Y esto le contestó el vendedor: si me hubieras ofrecido cincuenta dólares, gustoso te los hubiera vendido. En el simpático ejemplo anterior advertimos que el precio fijado por el vendedor puede estar motivado por la pérdida de capital ocasionada por el largo tiempo que ha de invertir en la venta de los zapatos. De otra parte, la oferta del comprador está motivada por el afán de encontrar una talla de calzado apropiada a su necesidad. Dos informaciones se han puesto en marcha en la anterior transacción: por un lado el vendedor ha entendido que sí hay compradores para sus zapatos de talla grande pero que ellos son escasos, y por lo tanto la producción de sus zapatos debe ajustarse a un limitado mercado con fines de evitar desperdicio de capital. De otra parte el comprador ha entendido que puede conseguir sus zapatos por un precio muy inferior al que inicialmente pagó y con un poco de indagación hubiera conseguido un precio mejor. Muy lentamente la información sobre precios se va esparciendo entre productores y consumidores hasta lograr algún, no muy claro, “equilibrio” inestable, producto de la incesante actividad humana.

Referencias

[1] L.V. Mises, El cálculo económico en el sistema socialista, http://www.hacer.org/pdf/rev10_vonmises.pdf

[2] F.Engels, Antidüring,www.initiative-communiste.fr/wordpress/uploads/antiduhring.doc

[3] K. Marx, Salario, precio y ganancia, http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/65spg/index.htm

[4] F. Engels, El Capital de Marx, http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe2/mrxoe210.htm

[5] A. Smith, Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Editorial,  Publicaciones Cruz O, México.

[6] L. V. Kantorovich, Las matemáticas en la economía: Logros, dificultades, perspectivas, http://www.eumed.net/cursecon/economistas/textos/kantorovich__Matematicas.htm

[7] Lucas Beltrán, Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, Instituto de estudios fiscales, Madrid, 1987.

[8] Diego de Covarrubias y Leyva, Omnia Opera, Haredam Hieronymi Scoti, Venecia 1604, vol. 2, Libro 2, p. 131.

[9] Luis Saravia de la Calle, Instrucción de mercaderes, Pérez de Castro, Medina del Campo 1544; publicado de nuevo en la Colección de joyas bibliográficas, Madrid 1949, p. 53.

[10] Jesús Huerta de Soto, Nuevos Estudios de Economía Política, Unión Editorial S.A , Madrid,(2002)

 

 

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