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El pensamiento progresista

Héctor Abad Faciolince es un escritor colombiano, más conocido por sus artículos semanales de prensa en la revista SEMANA que por su incipiente producción literaria. Su familia ha tenido que soportar momentos muy amargos cuando su padre, un exitoso médico experto en salud pública, defensor de los derechos humanos, muere vilmente asesinado a manos de comandos paramilitares.

No he leído sus novelas y cuentos, o muy poco, pero sus columnas semanales las leo de tiempo en tiempo. Tengo enormes dificultades, lo reconozco, en leer a novelistas con quienes tengo diferencias de pensamiento político; cuando leo la primera página me invade una extraña sensación de estafa que me impide continuar a la segunda. No lo conozco personalmente, mas, por la manera cómo escribe y la solidaridad que me suscita su dolor, me parece un hombre decente, franco, noble y despistado. Es ese tipo de personajes al que me gusta enfrentar.

Él representa a aquella clase de intelectual colombiano que se define como libertario y demócrata, no sé por qué, quizás  por razones de su oficio, o porque lo afirma a secas. El novelista es muy leído, el ensayista menos, el pensador muy poco, o nada. Y, claro, ya sabemos, la profundidad y el rigor se mueven en sentido inverso.

Abad publicó recientemente un artículo en la revista SEMANA, [1], en la que define a los de su clase. Es muy interesante, pues, en un escrito muy corto, logra un retrato de su talante y su desprecio por el rigor y la lógica formal, desprecio que comparten los seguidores de lo “políticamente correcto”. Siempre he creído que todos tenemos el derecho a pequeñas dosis de incoherencia, inevitables por demás, pero no hay derecho a contradecirse en un mismo párrafo. Y Abad, como toda la “progresía” subsidiada del mundo, lo hace con impudicia. Veamos unos ejemplos:

Dice Abad, el libertario: Me declaro, en casi todas las cosas de la vida, un individualista: creo que cada uno debe poder leer, comer, estudiar, creer, producir y pensar lo que le parezca. No sin antes haberse declarado un incrédulo enemigo de “la mano invisible” de Adam Smith.

No entiende nuestro ilustre novelista que esas sumas de libertades, esparcidas dentro de toda la comunidad, que definen al libertario, que están enraizadas con profundos principios morales y éticos enaltecedores de la especie humana, que sin ellas la vida no tendría sentido, definen, exactamente, la mano invisible.

De lo que se cuida Abad, al no escribirlo en su desideratum,  es de la libertad de intercambiar bienes y servicios. ¿Puede tener algún sentido reclamar el derecho a opinar y al mismo tiempo negar el derecho a intercambiar mercancías?  También pregunto: ¿no representa, acaso, el libre intercambio, en su sentido lato, la libertad de expresión? O también, ¿no intercambia libremente el novelista sus imaginaciones y locas fantasías por el dinero del lector?   No es el buen juicio y el razonamiento lógico los favoritos de los intelectuales de izquierda. Se contentan con la ideología y el eslogan.

En su artículo, Abad entra en crisis con el tráfico automotor de las ciudades y eso lo conduce a hacer comparaciones y proponer remedios. Lo interesante de todo aquello es que toda su catadura de “progre” se muestra desnuda cuando analiza y recomienda.

Primero se lanza contra Ciudad de México, la califica de infierno y la culpa de su caos al… querer imitar a los gringos sin tener los recursos ni el territorio. Y más adelante agrega: Estados Unidos es una pesadilla disfrazada de sueño. Berlín, dentro de lo que cabe en una metrópolis contemporánea, se acerca al Paraíso. No es posible ser “progre” sin exhibir primero el antiamericanismo. Ya el recién fallecido  J.F Revel nos advertía que los socialistas sin antiamericanismo se quedan sin pensamiento político.

Y también es ecologista, no faltaba más, todo progresista debe serlo. Así dice: Usar así el territorio en la cordillera es un despropósito ecológico: convierte en desiertos nuestras montañas, pudre las aguas desde su nacimiento, masacra los bosques y contamina las nubes convirtiéndose en un réquiem para el aire. Si los planificadores del Ministerio de Obras Públicas acataran las opiniones de este insigne poeta, nuestra Colombia quedaría completamente aislada y paralizada, pues acá nos movemos entre montañas.

Como todos los de izquierda, conoce del buen y mal vivir. Cuando se refiere a las grandes ciudades norteamericanas, diseñadas para los automóviles, nos aclara: allá viven, aislados y hartos, en falsos paraísos de sin igual aburrimiento doméstico. Como buen medellinense, no concibe la dicha y el confort fuera de los límites de su ciudad natal.

También es profeta, los de izquierdas lo son. Decía E.M Cioran, pensador rumano, que los profetas tienen un gusto por el futuro y una aversión por la dicha. Pues así dice nuestro hombre cuando se refiere al “precario control” del tráfico gringo:… con el crecimiento de la población, tiende a volverse cada vez más inestable, y tarde o temprano va a colapsar.

Pero lo más fantástico es cuando nos empuja a las más altas cumbres del éxtasis progresista, allí nos enseña sus soluciones, soluciones eternas, soluciones de ayer hoy y mañana. Lean esta perla: … corregimos el modelo desde ya, no mediante libertad económica y tolerancia, sino con una mano estatal rigurosa e implacable: teutónica. En esto no sirve la libertad sino la tiranía iluminada. (La negrilla es mía).

Está todo dicho, aquello me produce ira muda. El que no vea allí, en ese batiburrillo loco y desproporcionado, a Stalin, Mao, Hitler, Castro y Pol Pot es que no quiere ni ver ni entender. Y si eso lo dice nuestro insigne vate, a quien he calificad de noble y decente, qué es lo que no podemos imaginar de los ideólogos militantes de esa ríspida “progresía” de rompe y rasga.

Después de contarnos de su periplo por otras partes del mundo, y con la exaltación del provinciano por su viaje, nos escribe desde Berlín, en donde disfruta de una beca. Todo gracias a la globalización a la que, no lo hace acá, pero lo ha hecho antes, se opone con ardentía. Allá las cosas funcionan de maravilla, dice Abad: tráfico ordenado, casi imperceptible, todo muy silencioso  y lo mejor de todo: no es privado. Así nos lo relata: un transporte público estatal y eficiente, estímulo a la bicicleta y a la caminata, con centros cerrados, taxis carísimos, y unos pocos señores en ridículos Mercedes y Ferraris que hacen fila y añoran bajarse para poder llegar rápido en esos buses y trenes que los sobrepasan raudos por la derecha y por la izquierda.

Cierra con broche oro, nos enseña el rasgo genético del “progre” de pura cepa: odio por la propiedad privada, la de los demás, no la de ellos, claro, y alergia por los signos de riqueza y progreso. De lo que se abstuvo Abad de comentarnos fue que lo que recibía de su beca era la mitad o menos, el resto son impuestos; que cuando encendía el televisor para ver las noticias de la Deutsche Welle tenía que pagar una irritante sobretasa; que cuando, un domingo, quería comprar una cerveza o una salchicha tenía que esperar hasta el lunes, pues en la social democracia los fines de semana no se trabaja. Para ello está el estado benefactor que los ampara.

[1] http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?idArt=98659
 

 

Categorías:Política
  1. H. Abad
    marzo 1, 2007 a las 8:32 pm

    Su artículo es muy interesante. No soy economista y no tengo recetas para salvar el mundo. Finjo tenerlas, porque en una columna de opinión casi siempre hay que decir algo, así sea algo de lo que no estamos convencidos. Usted parece tener la receta. Dudo de todo. De lo mío, pero también de lo suyo. Un saludo, H. Abad F.

  1. agosto 7, 2014 a las 9:30 pm

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