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En Defensa de la Deflación

Por: Mario Zuluaga

Hace algunos meses escribí un artículo en el que me ponía del lado del patrón oro porque, como muchos economistas también opinan, considero que es la mejor manera que puede tener la gente de conservar el valor de su dinero. Si pudiéramos, en cualquier momento, convertir nuestros ahorritos por lingotes de oro, estaríamos más tranquilos que lo que estamos ahora lidiando con el dinero fiduciario en el tormentoso mundo de las inflaciones, devaluaciones, intereses que suben y bajan, bonos del tesoro que se incumplen…ctc.

En 1881, bajo el gobierno de Rafael Núñez, fue creado el Banco Nacional de Colombia. Los bancos privados de aquel entonces fueron obligados por el gobierno central a aceptar los billetes que el Banco Nacional emitía. Ello es lo que los economistas llaman el curso forzoso. El objetivo de la creación del Banco Nacional era acabar con el bimetalismo, monedas de oro y plata que servían de dinero, y dar así por terminada la época del patrón oro. Aunque por aquellas épocas el patrón oro estaba en auge en Europa y Norteamérica, ya los políticos colombianos encontraban la manera de defraudar los ahorros y ganancias de la gente con la aprobación y exigencia del dinero fiduciario que el  gobierno central podía crear sin límites con el uso de una imprenta.   El oro fue elegido, a lo largo del tiempo, como el más eficaz medio de intercambio y depósito de valor. Todo ello debido a sus propiedades de ductilidad, maleabilidad, imposibilidad de falsificación, escasez relativa y aplicaciones prácticas.

A finales del siglo XIX y principios del XX las personas más adineradas en Colombia guardaban sus monedas de plata y oro en arcones enterrados en los patios de sus casas. Cómo decía mi abuela, era la manera natural de ahorrar y proteger los esfuerzos de toda una vida. Las monedas de oro y plata enterradas en arcones y las brujas y duendes que aparecían en las casas de aquel entonces tenían una relación directa. La creencia popular decía que cuando en una casa aparecía un “susto” o “espanto” era por que allí había una guaca o entierro y el alma del dueño fallecido no podía encontrar la paz del descanso eterno hasta tanto su fortuna fuese desenterrada. Tan pronto se conocía la presencia de un espanto en una casa vecina deshabitada, mi abuela corría a tomarla en alquiler y empezaba de inmediato las excavaciones. Hoy, sus descendientes, lamentamos su impericia en el arte de excavar.

La dupla Gobierno–Banco Nacional pronto mostró su pérfida alianza pues, como lo relata  Fabio Sánchez y otros, en [1], bajo el título: Historia Monetaria de Colombia en el Siglo XX,

[…] La financiación de la guerra civil de final del siglo (Guerra de los Mil Días)  produjo un aumento acelerado de la emisión y de la inflación, que pasó de ser cercana a cero entre 1896 y 1898  a 15,2% en 1899, 66% en 1900, 389% en 1901 y promedió 120% hasta 1903.

Fue tan catastrófico lo ocurrido en tan corto período que el congreso de la república de 1903 aprobó una ley que prohibía al gobierno central la emisión de billetes y propuso la creación de una Junta de Conversión que restaurara el abolido patrón oro. Pero como la ley de Gresham que dice que la mala moneda desplaza a la buena, los esfuerzos de la Junta de Conversión por volver al patrón oro se vieron sofocados con la creación del Banco de La República en 1923, cuyas funciones eran las de emisión, circulación, depósito y descuento. Cuentan los historiadores de la economía colombiana que durante el período de 1905 a 1930 Colombia gozó de la mayor estabilidad monetaria en casi toda su historia.

A raíz de mi artículo he recibido comentarios sobre el efecto deflacionista que traería la reimplantación del modelo del patrón oro. Los enemigos de la deflación nos advierten de los estragos que le causarán a una población que cae en una “espiral” deflacionaria. La deflación se define como una disminución generalizada y continua del nivel general de precios de la economía. Así puestas las cosas, la primera reacción de la gente del común es que aquello sería ¡buenísimo! y además añadirían que ni ellos ni sus antepasados, remotos o cercanos, les tocó vivir esos estados de dicha. Pero un economista experto nos explicará que una caída de los precios está generada, las más de las veces, por una contracción brusca de la demanda agregada y ello conlleva a un deterioro de la inversión por parte del empresario que ha tenido que vender sus productos por debajo de sus costos de producción y por lo tanto tiene que despedir trabajadores y de allí un desempleo masivo y, claro, con el desempleo cae más la demanda. Además nos advertirá que ante la caída generalizada de los precios, las personas se abstienen de consumir esperando a que los precios de los productos bajen aún más y de allí llegamos a más pérdidas para los empresarios productores de bienes, retroalimentando con ello la caída de la demanda. El colapso y la muerte de la actividad económica.

Nadie puede desconocer la lógica implacable de nuestro experto economista que así razonara, pero en muchas ocasiones encontramos falacias detrás de argumentaciones razonables. Lo que nuestro economista experto nunca se pregunta es el porqué de una caída de la demanda, cuáles son las condiciones previas que la generan. Y no se hace la pregunta porque es muy difícil de explicar las razones que inducen a la gente a comprar, vender, ahorrar, invertir…ctc. Ello cae en el terreno de la subjetividad y hasta allí no llega la ciencia económica.

Lo primero que debemos observar es que la caída de la demanda no es una enfermedad económica, la caída de la demanda es una señal que el mercado le envía al productor de bienes y servicios con respecto a sus productos. Por ejemplo, si un empresario decide invertir su dinero en la fabricación de reglas de cálculo, que hoy son un producto obsoleto, no puede después quejarse de una caída de la demanda de reglas y la pérdida de su inversión. Debe ocuparse en mejorar sus bajas calificaciones como empresario e inversionista. De otra parte, las personas no pueden posponer indefinidamente sus necesidades de demanda, la demanda nula equivale a la muerte, por lo tanto  es un error creer en la posibilidad de una espiral en la caída de la demanda. Es por ello, aunque difícil de cuantificar, que existen estados naturales de demanda que dependen del tamaño de la población, gustos y costumbres de la gente, niveles de ingreso, expectativas…ctc. Es allí donde aparece el empresario exitoso que entiende su entorno y es capaz de inducir una demanda de sus productos de acuerdo con las necesidades de las personas. El crecimiento y desarrollo económico depende de aquellos que compiten con innovaciones tecnológicas o mejoras de sus cadenas de producción que conllevan a precios bajos y altas calidades.

Clamar por una moneda sana no es ningún disparate, es un derecho ciudadano a conservar el valor de sus esfuerzos y el patrón oro es el mejor camino para esos propósitos. Además, no es una propuesta nueva, a finales del siglo XIX y comienzos del XX los países occidentales disfrutaron de prosperidad con el sistema del patrón oro. Fue a partir de la primera guerra mundial donde comenzó el derrumbe. Los gobiernos, para financiar sus guerras y acrecentar el poder político que el asistencialismo les genera, se arrogaron el derecho de imponer una moneda de curso forzoso y emitir billetes a discreción.

La inflación que ha traído el dinero fiduciario no es, por frutos del azar, una calamidad llegada del cielo, es una perversa política estatal conscientemente aplicada y avalada por reconocidos economistas que la encubren con falaces argumentos. Las explicaciones de los efectos nocivos en la economía  no hay que buscarlas en el régimen del patrón oro, ellas son visibles como causa de las políticas expansionistas del papel moneda. Una expansión monetaria acompañada de artificiales tasas de interés a la baja induce la generación de empresas ruinosas. Inexpertos empresarios que se aventuran en proyectos que sólo están avalados en el capital monetario disponible, que no consultan los estados naturales de la demanda, conduce necesariamente al despedido de trabajadores y pérdidas del inversionista. No es el patrón oro el culpable del desempleo, no podemos entender que una moneda que conserva su valor en el tiempo pueda ser causa del desbarranque económico. Lo contrario equivaldría a afirmar que una tonelada de carbón, que conserva su poder calórico en el tiempo, es la causante del deterioro energético de un país porque la gente se negaría a consumirlo como combustible. Muy por el contrario, ponerse del lado del dinero fiduciario equivale a convivir gustoso con las desgracias. El primero de los efectos perversos de la expansión monetaria es la carestía, de ello damos fe los latinoamericanos que soportamos por años hiperinflaciones que incluso llegaron a superar más del 1000% en algunos países; el segundo es el enriquecimiento de los poseedores del gran capital que son los únicos que se aprovechan de la relación prestamista – prestatario que existe entre el banco emisor y los bancos comerciales privados. Los poseedores del gran capital se lucran de la primera oleada de la expansión monetaria y el crédito barato que de ella se deriva y se enriquecen con la compra de bienes de bajo precio; el tercero es el empobrecimiento del asalariado que no tiene capacidad de reacción y ve cómo su salario se envilece ante el alza continua de los precios de los productos.

No importan los hechos y los datos incontrovertibles, no importan las experiencias catastróficas que hemos vivido, la fuerza de la institución Dinero Fiduciario no tiene parangón y su dimensión es sencillamente colosal. Preclaros economistas, aunque convencidos racionalmente de la perversidad del dinero fiduciario se rinden ante él. Alan Greenspan, quien manejó la moneda norteamericana por 19 años al frente de La Reserva Federal de EE.UU, esto decía, en [2], bajo el título Gold and Economic Freedom, claro, antes de ocupar el más apetecido puesto de la unión americana:

“Un antagonismo prácticamente histérico contra el patrón oro es un nexo que une a los estatistas de toda condición. Parecen apreciar -quizás más clara y profundamente que muchos defensores del laissez faire- que el oro y la libertad económica son inseparables”; (…) “la oposición al patrón oro se deriva de la incompatibilidad de éste con el déficit público crónico (…) Bajo el patrón oro, la cantidad de crédito que puede financiar una economía está determinada por los activos tangibles de la misma, ya que cada instrumento de crédito es en última instancia un pasivo respaldado con un activo real. Sin embargo, la deuda pública no está respaldada con riqueza real, sino tan sólo con la promesa del gobierno de pagarla con lo obtenido de impuestos futuros y por tanto su absorción por los mercados financieros se hace problemática si su cantidad empieza a ser apreciable. (…) El abandono del patrón oro ha hecho posible que los estatistas utilicen el sistema bancario como instrumento para una expansión ilimitada del crédito. (…) El déficit público es sencillamente un ardid para la “oculta” confiscación de la riqueza. El oro se interpone en este proceso como protector de los derechos de propiedad. Esto es lo que se oculta detrás del antagonismo frente al oro de todo estatista”

Ante este descomunal contraste entre lo que se piensa y lo que se hace, me pregunto si la Economía es una ciencia cargada de racionalidad o un instrumento al servicio del poder.

Referencias

[1] Robinson. J, Urrutia. M, editores, Economía colombiana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 2007.

[2] Rand. A, and others  Capitalism: The Unknown Ideal, Signet Publisher, 1986.

Categorías:Economía
  1. Aún no hay comentarios.
  1. agosto 12, 2014 a las 7:11 am

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