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Caritas In Veritate, la mirada de un laico.

Por: Mario Zuluaga

El siete de julio pasado, Joseph Alois Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, publicó su encíclica Caritas In Veritate. Este documento de 78 acápites repartidos en seis capítulos expresa la opinión del pontífice sobre los más diversos e importantes temas de filosofía política mirados desde la óptica de la fe cristiana.Va dirigido a toda su grey y, como él mismo afirma, a todos los hombres de buena voluntad. Aunque no es un documento para los seguidores del laicismo, como él categóricamente lo expresa cuando afirma que

<<En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa>>,

sí es un texto al que los liberales y libertarios no creyentes deben prestarle la mayor atención pues el Papa Benedicto XVI es la cabeza de una amplia congregación de seres humanos.

Todos los temas tratados en la encíclica están atravesados por el concepto de caridad cristiana. La caridad que predica el Papa es la solidaridad teñida de fe. Así dice en el acápite 6 de su encíclica:

<<La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el  mundo>>.

No es pues un sentimiento humano desprovisto de ideologías; no es el amor al prójimo como valor en si mismo, tiene la marca del creyente y condena al no creyente a un mundo de obscuridad y confusión. Así habla el pontífice en la conclusión de su documento,

<<Sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo» (Mt 28,20)>>

El Papa desconoce milenios de progreso económico y cultural, conseguido con altísimos costos de sudor y sangre, cuando afirma:

<<Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo>>.

Sin duda es un texto polémico y controvertible que por fortuna se puede leer en cualquier orden. Incluso puede leerse por medio de palabras clave; por ejemplo: las expresiones

“derecho a la vida” aparece 1 vez,

“derechos a la propiedad” aparece 1 vez,

“justicia social” aparece 2 veces,
“solidaridad” aparece 31 veces,
“bien común” aparece 19 veces,
“libertad” aparece 24 veces,
“justicia” aparece 52 veces,
“derecho” aparece 47 veces,
“desarrollo” aparece 242 veces,
“subdesarrollo” aparece 7 veces,
“igualdad” aparece 3 veces,
“desigualdad” aparece 4 veces,
“mercado” aparece  35 veces,
“globalización” aparece 30 veces,
“intercambio” aparece 7 veces,
“vida” aparece 80 veces,
“felicidad” aparece 2 veces,
“social” aparece 155 veces,
“sociedad” aparece 60 veces,
“progreso” aparece 17 veces,
“gobierno” aparece 10 veces,
“caridad” aparece 91 veces,
“amor” aparece  61 veces,

Como vemos, es un texto en el cual todos los temas que se contemplan  son de capital importancia. Por ello, y por quien los escribe, lo convierte en un texto de obligatoria lectura. Sobre cada uno de los temas que toca el Pontífice podemos hacer reflexiones y expresar comentarios, sólo quiero referirme a unos pocos.

Me sorprende, no gratamente, la poca importancia que Benedicto XVI le da a la propiedad, sólo una vez leemos en el texto la palabra propiedad, sólo se refiere muy rápidamente a la propiedad intelectual, y de hecho, atacándola. Ningún análisis, ningún entendimiento de uno de los temas más sustantivos de la filosofía política. La propiedad es el motor de la vida, el desarrollo y el progreso. Está en el centro de toda discusión, ya filosófica, ya práctica. El humano no sólo tiene, como todo ser viviente, el sentido de propiedad sino que lo ha desarrollado como concepto social y como instrumento de construcción de instituciones que permiten el progreso y la riqueza. Si hay algo implícito en lo que entendemos por vida, éso es la propiedad. Es una pena, Benedicto XVI se niega a verlo.

Uno de los conceptos más vagos en filosofía política es el llamado “bien común”. Diez y nueve veces aparece esta expresión en la encíclica de Benedicto XVI.  La extensión de este concepto a todos los ámbitos de las agrupaciones humanas ha servido de arma política utilizada por líderes políticos e ideólogos para hacerse con el poder. Los políticos justifican su oficio alegando que ellos trabajan en Pro del “bien común”. En sentido lato no existe el “bien común”. Lo que existe es el bien individual, son los individuos quienes buscan satisfacer sus necesidades; los medios materiales o espirituales para satisfacer aquellas necesidades son bienes individuales y no “bienes comunes”.
¿Pero es que no existen elementos comunes a todos los humanos, necesarios ellos para su supervivencia y llevar una existencia digna de ser llamada humana? Claramente sí existen, pero son pocos y muy generales comparados con la cantidad de normas y disposiciones aprobadas en asambleas y congresos exaltadas con el pomposo nombre de “bien común”. Los “bienes comunes” no se deciden ni se votan en cámaras parlamentarias o ayuntamientos, los bienes comunes habremos de buscarlos en las raíces mismas de la existencia humana; ellos vienen expresados en términos de “derechos” (derechos negativos) universales simples y obvios: La vida, la libertad, la propiedad. Aún estos “derechos” tienen límites; mis derechos de vida, libertad y propiedad no pueden oponerse a los de mi vecino; esos “derechos” están por encima de cualquier forma de poder; no se votan, no se modifican y no se matizan  por congresos parlamentarios o gobiernos en favor de mayorías; aquellos derechos están por encima del Poder, son inherentes a la condición humana. Aquellos derechos negativos se alzan como los axiomas de una gran construcción teórica de filosofía política; ellos mismos se autolimitan, no es aceptable que entren en contradicción con ellos mismos. Si, por ejemplo, un plan de acción que yo realice, amparado por mi derecho a la propiedad y la libertad, pone en riesgo la vida de mi vecino, dicho plan de acción es ilegítimo. Otro ejemplo, cuando un gobierno ordena una carga impositiva a un sector de la población para subsidiar las necesidades de otro sector, no puede alegar que lo hace por el afán de un “bien común” puesto que ello viola el derecho de propiedad.

El “bien común” expresado por el Papa en su encíclica es una extensión del bien individual a las colectividades, es una especie de entidad vaga que supera y sofoca el razonamiento y la voluntad individual, es una entidad que al no poder concretarla le abre las puertas a la intervención estatal para que la construya con la fuerza del poder del estado. Toda una perversión. Así dice el Papa:

<<Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social[4]. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad>>.

Está todo claro y todo dicho. Para el Papa el bien común es un derivado del poder del estado. Es un elemento que se extrae del positivismo jurídico. No del derecho natural, tan pegado a la condición humana.

Y sobre la caridad (noble sentimiento de solidaridad) lo que afirma el pontífice me produce espeluznos. Así exhorta a los de su grey:

<<Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional también política, podríamos decir — de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis>>.

Y más adelante, como si ignorara el aliento que sus palabras infunden en amplísimos sectores de las sociedades occidentales, nos sorprende con la siguiente declaración:

<<La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer[10] y no pretende «de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados»[11]. No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y  circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación>>.

Referencia

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html

Categorías:Filosofía
  1. Juan Diego Castrillón Cordovez
    julio 28, 2010 a las 3:01 pm

    Me parece que el escrito, aunque tiene importantes mediciones cuantitativas de un discurso eclesial, pretende mostrarse como moderno a través de un confesionalismo modernista anticlerical. En este blog he encontrado escritos mejores. Lo he puesto en contraste con el trabajo doctoral de Annah Aarendt sobre San Agustín, donde la caridad se puede mostrar como clave en la praxis política. pero esa es otra lectura, donde declararse moderno y racionalista a ultranza no era una exigencia del statu quo.

  2. Ricardo
    octubre 16, 2010 a las 1:19 pm

    El liberalismo al igual que el marxismo comete el mismo error que es considerar al hombre naturalmente bueno ignorando el pecado original o, para los no creyentes, la inclinacion al error o al mal de los seres humanos. En la práctica lo que se ve cuando se deja al hombre librado de toda atadura es que los fuertes prevalecen sobre los débiles. Es un dato de la realidad y sucede tanto en individuos como en las naciones. El liberalismo permite por ejemplo que un empresario gane todo lo que pueda a expensas de pagar los sueldos de “mercado” que muchas veces no alcanzan para vivir dignamente. El socialismo le quiere decir al empresario como manejar su empresa y cuanto tiene que ganar y pagar a sus empleados o, mucho peor se queda lisa y llanamente con la propiedad. Ambas cosas están mal.

  3. Ricardo
    octubre 16, 2010 a las 1:23 pm

    Te agrego algo que se me quedó leelo a John Forbes Nash desarrollador del Equilibrio de Nash y ganador del premio Nobel.

  1. febrero 13, 2015 a las 8:09 pm
  2. octubre 29, 2016 a las 4:27 pm

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