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Mis controversias con un amigo

El tres de febrero de 2015, en la universidad Francisco Marroquín, el profesor Gabriel Zanotti, eminente filósofo argentino, hizo una presentación de su último libro titulado Crisis de la razón y crisis de la democracia ante profesores y estudiantes de aquella magnífica casa de estudios. Véase http://newmedia.ufm.edu/gsm/index.php?title=Zanotticrisisrazondemocracia

Le profeso a Gabriel una enorme admiración, he tenido oportunidad de presenciar algunas de su charlas, lo he escuchado en muchos videos, lo he tratado personalmente y me ha impresionado su amabilidad, su tolerancia con sus contradictores, su sentido del humor y su descomunal ilustración.

Es tal su espíritu de tolerancia con sus contradictores que en todas las charlas que le he escuchado a Gabriel invita al público a que lo controvierta incluyendo aún su petición misma a hacerlo: un fino e inteligente chascarrillo.

Comparto con Gabriel el amor por la libertad, él se define como un liberal clásico. Como yo me considero un racionalista libertario y estoy invitado a controvertir haré unos comentarios críticos a su presentación.

Mi primera dificultad con la presentación de Gabriel es el primer título Crisis de la razón. No entiendo por qué la razón puede estar en crisis si sabemos que la razón es la facultad de discurrir, es el acto de discurrir el entendimiento, además desde Aristóteles hasta hoy, científicos y filósofos se han ocupado de los métodos correctos de razonar. Razonar es lo que nos caracteriza como humanos y nos ha permitido desarrollar la ciencia, el arte, la cultura en general. Afirmar que el acto de discurrir el entendimiento está en crisis es lo mismo que afirmar que las alas de los pájaros que le permiten volar, o las aletas de los peces que le permiten nadar sufren de una crisis, o una contradicción interna, como Gabriel lo afirma.

En su crítica a la facultad de discurrir, Gabriel hace alianzas con Hayek quien, con mucho acierto, señala los errores de regímenes autocráticos cuando intentan modelar las estructuras sociedades. Hayek se oponía al constructivismo de la organización social, para ello desarrolló su método del orden espontáneo en contraposición al diseño planificado. Sus ejemplos paradigmáticos de ese orden espontáneo son la evolución de la vida, el lenguaje, el derecho, las reglas de tránsito, la economía de libre mercado…ctc. No obstante todo lo que sabemos sobre los ejemplos anteriores se lo debemos a la facultad de discurrir, es decir, a la razón. Recordemos que la praxeología de Mises se define como la lógica de la acción humana, o mejor, como la más perfecta facultad de discurrir sobre la acción.

Sería un error y una injusticia con Gabriel y con Hayek y todos sus seguidores afirmar que ellos se oponen a la facultad de discurrir cuando sabemos que son ellos un excelsos usuarios del discernimiento. Pero al oponerse a las sociedades diseñadas por autócratas corrieron con la mala fortuna de equiparar el diseño social autocrático con la razón o lo que es lo mismo, la facultad de discurrir. A Gabriel y a Hayek les ocurre lo del hombre aquel que por matar un mosquito en la ventana rompen todo el vidrio.

Lo anterior es poco comparado cuando Gabriel en su presentación incursiona en el tema de la ciencia y su método. Se introduce en arenas movedizas y hace alianzas con Paul Fayerabend el más extraño y voluble epistemólogo del siglo pasado. Fayerabend se paseó por todas las corrientes de la epistemología, abrazándolas hoy y rechazándolas luego. Su trabajo más representativo es un libro que tituló Against the Method. En este trabajo Fayerabend ataca el método científico empirista hipotético deductivo y eleva el mito, la fe religiosa, las visiones políticas, las creencias populares..ctc como alternativas válidas para llegar a un conocimiento de la naturaleza. Olvida Fayerabend que el mito y la fe religiosa sumió a la civilización occidental en siglos de oscuridad y terror. Es ese relativismo epistemológico el que Gabriel abraza y defiende en la presentación de su libro y agrega: los científicos imponen coactiva-mente sus opiniones y proclama una separación entre la ciencia y el estado, así como en los estados modernos de occidente existe una separación entre la Fe religiosa y el Poder del estado. Esto para mí es incomprensible puesto que la ciencia no opera de manera dogmática, una de sus principales características es el remplazo de explicaciones menos satisfactorias por otras mejor formuladas, los ejemplos abundan. La ciencia avanza no por imposición sino por argumentaciones elaboradas por la facultad de discurrir que la asiste. Que los gobernantes administradores del estado la apoyen no implica su paternidad ni su propiedad, la ciencia y su método es hija del espíritu libre del pensador independiente, de sus logros y beneficios somos testigos todos desde que amanece hasta el anochecer. La ciencia y su método no necesita defensores, es innegable que es la causante de los grandes prodigios de nuestro tiempo y por fortuna sobrevivirá con estado o sin él.

Comparto con Gabriel la crisis que sufren las democracias modernas, el germen de su destrucción estaba inoculado en el mismo momento en el que la revolución francesa la parió, dando tránsito al nuevo régimen. La democracia se basa en el traslado de un poder que el pueblo no tiene a un gobierno que monopoliza todos los poderes e instrumentos de dominación. La democracia sí sufre, como afirma Gabriel, de una contradicción interna puesto que lo que no se tiene o no existe no es transferible. Un interesante trabajo sobre el tema de la democracia es Democracy: The God That Failed de H.H Hoppe.

Mi visión de estos temas, que difieren de la de Gabriel, no disminuye mis sentimientos de admiración y aprecio por este importante filósofo argentino.

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El Bitcoin y la Liquidez

Hace unos días, Francisco Capella publicó en la página del Instituto Juan de Mariana tres artículos sobre la novedosa moneda virtual Bitcoin. (Bitcoin I, Bitcoin II y Bitcoin III). Tuve la oportunidad de intercambiar opiniones con el Dr Capella cuando en su segundo artículo se refería al Bitcoin como un activo ilíquido en virtud de ser muy nuevo y de allí su volatividad.  El Dr Capella define la liquidez de la siguiente manera, y lo cito: la liquidez es estabilidad de valor, que tiene relativamente poco que ver con la fraccionabilidad.

No es muy clara aquella definición de liquidez si la comparamos con las propiedades que definen la liquidez. Así: Las características de un activo líquido son: 1) Se puede vender rápidamente. 2), aun se venda rápidamente, se tiene una mínima pérdida de valor y 3) se puede vender en cualquier momento. No veo como la estabilidad de valor pueda englobar las tres propiedades anteriores, aunque es obvio que la volatilidad de un activo va en detrimento de su liquidez.

Lo que sí observamos en la clásica definición de liquidez es que ella se presenta como una  relación binaria entre activos. No tiene sentido considerar la liquidez como una propiedad absoluta de un activo dado, la liquidez se mide como el grado de convertibilidad de un activo A en otro activo B. Si, por ejemplo, el activo A es más aceptado en el intercambio que el activo B entonces decimos que A es más líquido que B. Así las cosas, es claro que el activo más liquido que existe es el dinero. Mas, no obstante, su liquidez puede verse muy disminuida si pierde fracionabilidad. Veamos por qué.

Como la liquidez del dinero no la podemos mirar con relación a él mismo (no tiene ningún sentido el intercambio de un euro por otro euro) es necesario, entonces, analizarla con su relación a los otros activos del mercado. Comienzo con una pregunta: ¿por qué (con relación al dinero) son más líquidos los ladrillos que componen a una casa que la casa misma?  La respuesta es obvia y pasa por la fraccionabilidad, es más fácil vender ladrillos que la casa entera. Por lo tanto, la alta fraccionabilidad del dinero es lo que, además, le otorga la capacidad de intercambio por bienes y servicios. Es decir, la fraccionabilidad del dinero es una condición necesaria para su liquidez. Claro, no es condición suficiente pero sí tiene que ver, y mucho, con la liquidez. Contrario a lo que afirma Capella en su artículo.

El Bitcoin es un programa computacional de código abierto que corre en redes P2P y diseñado en 2009 por Satoshi Nakamoto, (que parece ser el seudónimo de su autor o autores), que habrá de funcionar como dinero descentralizado (no existe un banco central que lo regule y manipule) y que hace de él una de sus mejores características.

El programa está diseñado para producir veintiún millones de monedas bitcoin en un lapso aproximado de 150 años y que se consiguen por la resolución de problemas computacionales que progresivamente se van volviendo más y más complejos en la medida en que las monedas son halladas. Por analogía con la producción de oro, este proceso es conocido como minería bitcoin.

Es claro que sólo veintiún millones de monedas, y conseguidas en tan dilatado período de tiempo, están muy lejos de convertirse en dinero estable y generalizado. La cotización del bitcoin con relación al dólar se haya hoy en el mercado mtgoxUSD a  US $128.8 por bitcon y se han “extraído” hasta hoy alrededor de once millones de ellos.

Si suponemos que hoy estuvieran en el mercado los veintiún millones de bitcoins y ellos constituyeran un dinero amplio y generalizado, tendríamos que la economía que ellos representan sería lo correspondiente a 2704.8 millones de dólares. Una cifra insignificante. Es por ello que podemos pensar que en el hipotético caso en el que el bitcoin se convirtiese en dinero generalizado, el valor de cada uno de ellos, con relación al dólar, el euro, o cualquier moneda conocida, será realmente inimaginable. Por lo tanto la moneda bitcoin será casi inmanejable e inútil en las transacciones comerciales. Veámoslo con un simil: supongamos que la única unidad de medida de longitud está plasmada en una cinta que tiene una longitud de un kilómetro y que además no tiene marcas de subdivisiones. Entonces no podríamos conocer la estatura de los seres humanos ni la altura de los edificios…etc, tendríamos una unidad de medida absolutamente inútil.

Para visualizar lo anterior imaginémonos lo que podría suceder si la unidad del euro o el dólar tuviese una capacidad de compra equivalente a decenas de millones de ellos, en ese caso las transacciones en el mercado serían imposibles y por lo tanto ese dinero perdería inmediatamente toda liquidez.

Los diseñadores de la moneda Bitcoin, conscientes de aquella dificultad, fraccionaron la moneda hasta ocho cifras decimales (cada fracción es conocida como satoshi, en honor a su creador) entonces todo el proyecto Bitcoin lo podemos estimar en 21 por diez elevado a la potencia 14 de satoshis. Una cifra enormemente grande. Para que el lector se forme una idea del tamaño de aquella cifra basta decir que esa cantidad en segundos es lo que le queda de vida a a nuestro sol.

La moneda bitcoin ha tenido muy buena acogida por razones obvias: primero, es descentralizada, esto significa que no existe un banco central que la regule ni banco comercial que haga las veces de intermediador, lo que hace que los costos transaccionales sean muy bajos. Segundo, al tener un número limitado de unidades monetarias hace de ella una moneda deflacionaria dándole el caracter de un inmejorable depósito de valor, y tercero, al ser el bitcoin una moneda privada puede verse libre de cargas impositivas de gobiernos voraces.

Cualquiera que sea el dinero que las sociedades humanas adopten, todos tienen una de las siguientes dos caraterísticas: deflacionario (como el bitcoin) o inflacionario (como el dinero fiduciario e inclusive el dinero respaldado en oro u otro metal u otra mercancía) En el primer caso, es necesario darle una enorme fraccionabilidad para que no pierda liquidez. En el segundo caso es necesario aumentarle la cantidad de sus unidades para mantenerle su liquidez, con el agravante de que dicho aumento no puede ser muy grande porque también así perdería su liquidez.

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La Guillotina de Mises

septiembre 17, 2012 1 comentario

Por Mario Zuluaga

Aclaración personal

Las literatura sobre el apriorismo de Mises es muy amplia. En las referencias abajo citadas el lector encontrará algunos pocos ensayos que defienden aquella visión epistemológica y otros que la atacan. Considero que el apriorismo con el que Mises apoya su espléndida visión de la economía es insostenible e innecesario. Simplemente, creo yo, que con valores extraídos del ideario libertario la economía según Mises queda ampliamente justificada.

Cuando leía La Acción Humana y me topé con los pasajes en los que Mises equipara los postulados de la economía con la matemática, pude advertir que el maestro tenía una errada visión de lo que la matemática dice y hace. Ello me llevó a escribir el presente ensayo.

Debemos celebrar tener a nuestra disposición esta obra cumbre de la economía y aplaudir el titánico esfuerzo de Mises por apoyarla con su visión epistemológica, aunque no la compartamos, puesto que ha abierto un apasionante debate que por honestidad intelectual no debemos eludir. Comprendo que escribir una obra de 1302 páginas, en un dilatado período de tiempo y sobre temas de tan alta complejidad, es imposible no caer en imprecisiones e incoherencias.

El título de este ensayo lo he puesto de esa manera porque encuentro una seductora analogía entre la visión epistemológica de Hume y la de Mises. Con lo que es conocido como La Guillotina de Hume se abre camino a un dualismo metodológico que permite distinguir entre ciencias naturales y ciencias sociales. Mises intenta, por analogía, distinguir entre ciencias naturales y ciencias praxeológicas.

Introducción

Hans Herman Hoppe, es uno de los varios influyentes economistas libertarios e impulsores de las ideas de la escuela austriaca de economía. Lo más importante del pensamiento económico de Hoope es lo que a la economía aporta desde su visión de filósofo. El apriorismo miseano es el tema que aborda y defiende en su obra, y en muchas otras, La ciencia económica y el método austriaco [1]. En este importante documento de 68 páginas, Hoppe plasma su visión de la economía y su distinción de las ciencias naturales. Lo que Hoppe quiere defender es la posición de Mises cuando, sobre la economía éste afirma que:

Sus enunciados y proposiciones no se derivan de la experiencia. Son, como los de la lógica y la matemática, a priori. No están sujetos a verificación y falsación sobre la experiencia y los hechos. Son a la vez lógica y temporalmente anteriores a toda comprensión de los hechos históricos. Son el requisito necesario de cualquier entendimiento intelectual de los acontecimientos históricos, [1] pp 6.

Esta visión de la economía viene tutelada por una posición filosófica que Mises acuñó con el término Praxeología  que significa la lógica de la acción humana.

El punto de partida de Mises, y que Hoppe defiende, es aquel que afirma que la praxeología está apoyada en una verdad auto evidente, algo así como un mojón inamovible, anterior a cualquier experiencia, que se sustenta debido a que su negación nos lleva obligatoriamente a contradicciones insalvables. Es decir, un juicio sintético a priori. La acción, la acción humana, que nos conduce por ejemplo a pasar de estados menos satisfactorios a otros más satisfactorios; que nos permite intercambiar bienes con nuestros semejantes con mutua satisfacción; que nos permite preferir el hoy al mañana son, para Mises y Hoppe, verdades que no necesitan verificación experimental y de allí su condición de auto evidente.  Es ello lo que le imprime al pensamiento de Mises su carácter apriorístico. Nos dice Hoope en [1] cómo muchos otros economistas anteriores a Mises tenían también una visión apriorística de la economía como Jean Baptiste Say,  John E. Cairnes, Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser, pero la más acabada visión apriorística de la economía la encontramos en [2], [10]

Para distinguir el método praxeológico del método utilizado por las ciencias naturales, Hoppe nos presenta su visión marcadamente empirista de aquellas cuando afirma que:

¿Cómo sabemos cuáles serán las consecuencias si sometemos un material de la naturaleza a pruebas específicas, digamos, si lo mezclamos con otro tipo de material? Obviamente no sabemos antes de que realmente lo probemos y observemos lo que sucede. Podemos hacer una predicción, por supuesto, pero nuestra predicción es sólo hipotética, y las observaciones se necesitan para saber si estamos en lo correcto o no.

Además, aunque hayamos observado algún resultado específico, digamos que la mezcla de los dos materiales da lugar a una explosión, ¿podemos estar seguros de que ese resultado se producirá invariablemente siempre que mezclemos esos materiales? De nuevo, la respuesta es no. Nuestras predicciones serán aún, y de forma permanente, hipotéticas. Es posible que una explosión sólo se dé como resultado si ciertas condiciones—A, B y C—se cumplen. Sólo podemos saber si es o no es el caso, y bajo qué  condiciones, si nos embarcamos en experimentos de prueba y error al infinito. Eso nos permite mejorar progresivamente nuestro conocimiento sobre la gama de aplicaciones de nuestra predicción original hipotética, [1] pp 11.

Un ejemplo extraído de la física

Podemos ir más lejos de la visión que Hoppe tiene de la investigación científica cuando observamos que la gran fuerza de la ciencia no la hayamos en el experimento puro y duro sino en la teoría que se construye para convalidarlo y preverlo. El dato experimental es el primer paso de una cadena que conforma el cuerpo de una teoría científica. Y pongo un ejemplo clásico extraído de la astrofísica: Son bien conocidas las tres leyes del movimiento planetario descubiertas por Johannes Kepler (1571- 1630) con base en las observaciones que el astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601) realizó del movimiento de los planetas alrededor del sol. Pero sin ninguna duda el triunfo de aquellas investigaciones, que por lo demás constituye el triunfo de la ciencia moderna, lo obtiene Isaac Newton (1642-1727) quien con su ley de gravitación universal deduce, con argumentos matemáticos, las tres leyes descubiertas por Kepler. Además, porque Newton proporciona el método de análisis (método matemático) para explicar no sólo el movimiento de los planetas de nuestro sistema solar sino las relaciones y los movimientos de dos cuerpos enlazados por fuerzas gravitacionales. No son los datos numéricos entregados por Tycho Brahe, ni las leyes del movimiento planetario de Kepler los que convirtieron a la astronomía en ciencia moderna, es la ley de gravitación newtoniana la que se lleva ese mérito. Aunque debemos aclarar que son los datos experimentales los que llenan de contenido y sustancia a las teoría científicas.

Pero lo descubierto por Newton no es el final del camino. La teoría de la gravitación newtoniana no explica el movimiento de tres o más cuerpos sometidos a fuerzas gravitacionales mutuas. El problema de los tres cuerpos, así es conocido, es un problema no resuelto al día de hoy. Estos son los temas de investigación de los que se ocupan hoy en día los científicos dedicados a la mecánica celeste.

Lo característico y apasionante de la investigación científica radica en preguntarse por la causa primera del fenómeno que se tiene enfrente con la casi total certeza de nunca hallarla. El método científico no es estrictamente empirista, ni estrictamente racionalista, es una combinación ordenada e indisoluble de ambos.

Cabe entonces preguntarnos cómo se construye una teoría científica y  cómo se construye una teoría económica y por qué habremos de seguir caminos epistemológicos distintos de tal suerte que nos brinde una alta dosis de confianza de estar en lo cierto.

El método científico es hipotético-deductivo, el experimento y la hipótesis son su instrumento esencial. El fin primordial de la ciencia consiste en la construcción de una teoría a partir del descubrimiento fenomenológico, es por ello que el principio de falsación popperiano aplica en toda regla, [3] y la teoría científica, por lo tanto, entra en un estado de interinidad que puede ser falsable. Por ejemplo: La teoría gravitacional newtoniana, válida para explicar el movimiento de dos cuerpos que se atraen, se vuelve falsa cuando el fenómeno que queremos entender es el del movimiento de tres o más cuerpos unidos por sus fuerzas gravitatorias.

La guillotina de Hume y de Mises

Para entender por qué el método científico no aplica al caso de la economía y las ciencias sociales en general, debemos recurrir a lo que es conocido como la guillotina de Hume. Hume (1711-1776) distinguía entre los que es y lo que debe ser y advertía cómo muchos autores cometían falacias cuando pasaban de la una a la otra en el mismo hilo argumental. Esto decía Hume en [4]:

En todo sistema de moralidad que hasta ahora he encontrado, siempre he notado que el autor procede por algún tiempo en los modos ordinarios de razonamiento, y establece la existencia de Dios, o hace observaciones concernientes a los asuntos humanos, cuando de pronto me veo sorprendido de encontrar, que en vez de los enlaces usuales de las proposiciones, es y no es, encuentro que no hay ninguna proposición que no esté enlazada con un debe, o un no debe. Este cambio es imperceptible; pero es, sin embargo, de grandes consecuencias. Pues como este debe, o no debe, expresa una nueva relación o afirmación, es necesario que sea observada y explicada; y que al mismo tiempo se dé una razón, para lo que parece totalmente inconcebible: cómo esta nueva relación puede ser una deducción de otras, que son completamente diferentes de ella.

Es importante advertir que a diferencia de la guillotina de Hume, Mises nos propone lo que podríamos llamar la guillotina de Mises, y por consiguiente un dualismo metodológico, que nos permita abordar los problemas de las ciencias naturales, por un lado, y los problemas de la praxeología por el otro. No obstante, Mises le otorga un carácter provisional al dualismo metodológico cuando afirma que

Creamos o no que las ciencias naturales logren algún día explicarnos la  producción de las ideas, de los juicios de apreciación y de las acciones, del mismo modo que explican la aparición de una síntesis química como f r u t o necesario e inevitable de determinada combinación de elementos, en el ínterin no tenemos más remedio que conformarnos con el dualismo metodológico, [2] pp 45.

Debido a las dificultades epistemológicas que comporta la praxeología, opino que la disciplina económica, a diferencia de las ciencias naturales, cae en la categoría del debe ser.  Ello así porque las teorías económicas son un invento del hombre (muy reciente, por cierto) y las explicaciones por ellas aportadas son diversas y las más de las veces se contradicen mutuamente. La economía propone esquemas de comportamiento individual y colectivo. Por ejemplo: economía con propiedad privada o economía sin ella, economía centralmente planificada o economía de libre mercado, economía con monopolios u oligopolios, privados o estatales…ctc.  Y cuando una teoría económica quiere ser analizada y criticada se hace desde la visión de otra teoría económica. Por ejemplo, no tiene mucho sentido una crítica al keynesianismo desde la visión de él mismo, y sí tiene sentido una crítica al keynesianismo desde la visión de la escuela austriaca de economía.

Por el contrario, la física, la química, la geología y la biología hacen su aparición con el big-bang y caen en la categoría del ser, no en la categoría del  deber ser. Es por ello que las metodologías empleadas para la investigación científica y la investigación económica siguen caminos diferentes. En las ciencias naturales el objetivo es el descubrimiento de lo que es y su funcionamiento. En la economía el objetivo es entender y proponer los valores que habrán de regir el comportamiento de las sociedades. Es por ello que la economía es una disciplina del deber ser, esto es: normativa. Ello no implica que la ciencia económica habrá de renunciar a los razonamientos que respetan las leyes de la lógica formal y que se desarrollan a partir de  valores tan humanos como los que encontramos en el derecho natural: vida, libertad y propiedad.

Un contradictor cientista, quizás, alegaría que el comportamiento humano está implícito en todo aquello que es anterior a todos los tiempos; que la historia del hombre está escrita y predestinada, como lo sugiere el historicismo hegeliano – marxista y por lo tanto la economía es una ciencia positiva como lo son las ciencias naturales. Ello, aparte de estar inspirado en la visión religiosa luterana y calvinista, no pasa de ser una afirmación gratuita de muy difícil sustentación, aparte de cercenar de un tajo lo que más amamos: La libertad de acción. Ya no seremos dueños de nuestro destino, una fuerza superior e ineluctable nos rige sin piedad y comprensión. Tendremos que resignarnos a tener a Prometeo encadenado.

Detengámonos un poco en el método apriorístico propuesto por Mises. Es conocido que Mises se apoya en los juicios sintéticos a priori de la filosofía kantiana y propone la categoría de la acción, El humano actúa, como un juicio sintético a priori verdadero, no necesita ser verificado por experimento alguno, es auto evidente. (Sorprende que no encontremos sino sólo dos veces el nombre de Kant en La Acción Humana sin hacer referencias a los juicios sintéticos a priori) Es sobre este pilar sobre el que construye su visión epistemológica de la economía. Y afirma que dicho juicio es verdadero porque si lo negamos (el humano no actúa) ésta nueva afirmación queda inserta en la categoría de la acción. Ello es altamente  perturbador y difícil de aceptar puesto que tiene el mismo grado de contradictorio de aquella que dice que no ser es una forma de ser o también así: se es no siendo. ¡Que camino tan tortuoso el que nos propone nuestro querido maestro!

Además, como ya lo habíamos citado, Mises afirma que los enunciados y proposiciones de la economía… son, como los de la lógica y la matemática, a priori. Esta comparación entre economía y matemáticas, en mi opinión, no cabe porque le arrebata a esta última su distintivo principal, cual es el de ser hipotética. Recordemos que todas las proposiciones de la matemática se inician con la frase: Supongamos que…, entonces…

Comencemos por afirmar que la palabra axioma no significa, en matemáticas, verdad auto evidente o incontrovertible, significa punto de partida o suposición arbitraria. En matemáticas las proposiciones no tienen un valor absoluto, no son siempre ciertas o siempre falsas. La matemática descansa sobre la estructura P implica Q  y de lo que se ocupa es en decir que en el eventual caso en que P sea cierta entonces lo es Q.

Por extraño que le parezca a muchos economistas, la matemática es una disciplina eminentemente normativa y además teleológica. Los buenos axiomas (normas) se escogen pensando en que las implicaciones extraídas de ellos nos brinden las mejores explicaciones.

Bertand Rusell, en su libro Los Principios de la Matemática, [5], nos proporciona una descripción caricaturesca de la matemática que luce algo peyorativa pero que no obstante es muy acertada, así dice: La matemática es una disciplina en la que no sabemos de qué estamos hablando (es el rasgo abstracto que la caracteriza) ni si lo que afirmamos es verdad (las proposiciones no tienen valor en si)

Aunque aquello no le quita a la matemática su valor como instrumento de análisis y su aplicabilidad, tampoco le confiere, por si sola, legitimidad a las proposiciones por ella inferidas. Un axioma mal escogido en una teoría matemática la llevaría a resultados insípidos y anodinos. Creo que en ello consiste el error de la economía matemática tan en boga en el pensamiento neoclásico. No se puede negar las correctas implicaciones extraídas de, por ejemplo, las curvas de oferta y demanda, continuas; derivables; creciente la primera; decreciente la segunda con punto de intersección como punto de equilibrio,…ctc, o la función de utilidad, creciente, derivable varias veces, con primera derivada negativa,..ctc. Pero concluir de allí que lo implicado matemáticamente por tanto axioma sea cierto o relevante es, por decir lo menos, una enorme ingenuidad.

Veamos ahora un ejemplo extraído de la geometría que pone en dificultades la visión apriorística de la praxeología al compararla con la matemática. Las tres afirmaciones siguientes son aceptadas como axiomas de la geometría, que tomadas juntas sería una flagrante contradicción:

1. Por un punto exterior a una recta pasa una y sólo una paralela. (Geometría euclidiana)
2. Por un punto exterior a una recta no pasa ninguna paralela (Geometría elíptica de B. Riemann)
3. Por un punto exterior a una recta pasan dos o más paralelas (Geometría Hiperbólica de K.F.Gauss y N. Lobachevsky)

Con cada uno de los tres axiomas (proposiciones arbitrarias) se construye una teoría geométrica de enorme significación física. La geometría euclidiana se usa en mecánica newtoniana. La geometría elíptica es el instrumento primordial de la teoría de la relatividad de imprescindible utilidad en astrofísica. La geometría hiperbólica constituye la base de la trigonometría esférica de uso en cartografía.

El formalismo matemático, y su grado de abstracción, ha llegado a tales niveles de sofisticación que David Hilbert, uno de los más conspicuos matemáticos de todos los tiempos, afirmaba que se podía construir una geometría con sólo tres elementos: mesa, silla y baso de cerveza.

Los argumentos expuestos atrás no amenazan ni le quitan la grandeza y profundidad a la obra de Mises, pero aquella insistencia epistemológica, me parece, la llena de artificiales e innecesarios argumentos que obscurecen el propósito de un tratado de economía. Me atrevo a pensar que a Mises lo asistía un afán de darle a su obra un vestido de rigor filosófico que le concediese una respetabilidad académica. Supongo que quería darle una respuesta a la corriente principal neoclásica, otorgándole a su obra un cariz lógico-deductivo que superara la práctica algorítmica de la matemática. Una respetabilidad que, creo yo, bien se logra si se enmarca La Acción Humana en el ámbito del derecho natural (iusnaturalismo). ¿ No fue eso lo que dio gloria y reconocimiento a la Escuela de Salamanca de los siglos XV y XVI?

La palabra libertad aparece en La Acción Humana 189 veces esparcida en 1302 páginas, aparece alrededor de una vez cada siete páginas. Sin la palabra Libertad, el libro cumbre de Mises se vacía de contenido. El concepto de libertad, entendido primero como libertad individual y colectiva después, como un agregado, y que significa la posibilidad y la capacidad de optar entre alternativas, bien puede ser el primer axioma (norma o punto de partida) de la praxeología. La libertad es una condición necesaria y suficiente para La Acción. Es necesaria porque sin la libertad no hay acción y es suficiente porque libertad significa posibilidad y capacidad de optar y éste es el motor de la acción. Desde el punto de vista de la lógica formal la libertad y acción son conceptos equivalentes.

Ahora, la libertad, no es una ley incontrovertible de sociedades humanas pues ella o su ausencia, en el seno de una sociedad, se puede convertir en norma o convenio. Así como hemos tenido sociedades deliberadamente totalitarias y liberticidas, las hemos tenido deliberadamente libres. Ahora, esta norma o convenio no se descubre, cómo se hace con las leyes de la física, sino que se construye, se modifica y se perfecciona. La libertad, además de ser un valor, tiene propósitos teleológicos y no veo por qué su equivalente, la acción,  se mire como un juicio sintético a priori.

Veamos lo que nos dice Mises sobre la libertad y la praxeología en su magna obra:

De ahí que, como decíamos, sólo en el marco de una organización social quepa hablar con fundamento de libertad. Consideramos libre, desde un punto de vista praxeológico, al hombre cuando puede optar entre actuar de un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente determinar sus objetivos y elegir los medios que, al efecto, estime mejores. La libertad humana, sin embargo, se halla inexorablemente tasada tanto por las leyes físicas como por las leyes praxeológicas. Vano es para los humanos pretender alcanzar metas entre sí incompatibles, [2] pp429.

Aunque Mises relaciona la libertad con el axioma de la acción, no nos dice cómo se subordina la primera al segundo, simplemente lo afirma. Además hay varios pasajes en la Acción Humana en la que Mises no le asigna características de valor a la praxeología comparándola con las ciencias naturales y la matemática. Así dice:

El aludido postulado de la Wertfreibeit (independencia de valoraciones) puede fácilmente ser respetado en el campo de la ciencia apriorística —es decir, en el terreno de la lógica, la matemática o la praxeología—, así como en el de las ciencias naturales experimentales, [2] pp 87

Hay más pasajes en la Acción Humana en los que Mises conecta estos dos conceptos. Es importante advertir que la palabra libertad aparece en el texto de la acción humana más veces (189) que la palabra praxeología que la vemos impresa en el texto  151 veces. Por ejemplo:

Pero tampoco debe el praxeólogo descuidar la mecánica de la volición y la intencionalidad del hombre al actuar, sobre la base de que constituyen meras realidades dadas. Si así lo hiciera, dejaría de estudiar la acción humana, [2] pp 56.

Y donde decimos volición e intencionalidad decimos libertad, pues sería vano desear y pretender objetivo alguno si no tenemos la capacidad de optar.

No obstante los cantos que mises le hace a la libertad individual en La acción Humana  son tan numerosos que hacen del maestro un adalid del liberalismo. Veamos unos pocos casos escogidos al azar:

1. Yerra, en verdad, nuestro siglo al desconocer el enorme influjo que la libertad económica tuvo en el progreso técnico de los últimos doscientos años, [2] pp 29

2. Quienes propugnan la libre competencia y la libertad de empresa en modo alguno están defendiendo a los hoy ricos y opulentos; lo que, en verdad, pretenden es franquear la entrada a individuos actualmente desconocidos y humildes —los empresarios del mañana— gracias a cuya habilidad e ingenio será elevado el nivel de vida de las masas; no desean sino provocar la mayor prosperidad y el máximo desarrollo económico, [2] pp 139.

3. Todas las distintas variedades de credos colectivistas coinciden en implacable hostilidad ante las instituciones políticas fundamentales del sistema liberal: gobierno por la mayoría, tolerancia para con el disidente, libertad de pensamiento, palabra y prensa e igualdad de todos ante la ley, [2] pp 241.

4. Lo que originariamente impulsó al  hombre a acomodar su conducta a las exigencias de la vida en sociedad, a respetar los derechos y las libertades de sus semejantes y a reemplazar la enemistad y el conflicto por pacífica colaboración no fue el amor ni la caridad, ni ningún otro afectuoso sentimiento, sino el propio egoísmo bien entendido, [2] pp 265.

5. Los defensores de la violencia editaron sus libros precisamente al amparo de aquella «seguridad burguesa» que tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para publicar sus incendiarias prédicas porque el propio liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa, [2] pp 269

6. El estado hegemónico no conoce la ley ni el derecho; sólo existen órdenes, reglamentaciones, que el jerarca inexorable aplica a los súbditos según considera mejor y que puede modificar en cualquier momento. Las gentes sólo gozan de una libertad: la de someterse al capricho del gobernante sin hacer preguntas, [2] pp 306.

Además, hay un pasaje en La acción Humana en el que expresamente Mises equipara la acción con la libertad, entendida ésta como la capacidad y la posibilidad de optar por alternativas, que Mises llama curiosamente voluntad

Cabría decir que la acción es la expresión de la voluntad humana. Ahora bien, no ampliamos con tal manifestación nuestro conocimiento, pues el vocablo «voluntad» no significa otra cosa que la capacidad del hombre para elegir entre distintas actuaciones, prefiriendo lo uno a lo otro y procediendo de acuerdo con el deseo de alcanzar la meta ambicionada o de rehuir la deseada, [2] pp 38.

Es decir, donde se dice acción (praxeología) se dice libertad, y es muy difícil sostenerse en la idea de que la libertad se caracterice como un juicio sintético a priori.

La economía de Mises sistematizada

Una muy buena sistematización de la propuesta económica de Mises la encontramos en la obra de Gabriel Zanotti, La Economía de la Acción Humana, [6]. El propósito de esta obra, como lo dice su autor, es dar un ordenamiento epistemológico de los teoremas de la economía según Mises. Zanotti primero establece el axioma central de la praxeología, así lo define: Acción humana como libre e intencional con conocimiento disperso. Nótese que no desliga la acción de la libertad. Después, con el uso de cinco hipótesis auxiliares y el axioma de la praxeología, demuestra veinticuatro teoremas que rigen la economía según Mises. Estas hipótesis son:

1. Alertness (listeza) empresarial en grado suficiente para la compensación del conocimiento disperso.

2. Versión minimalista de maximización monetaria: el comprador tiende a preferir el precio más bajo frente a igual calidad del bien y el vendedor el precio más alto.

3. Ley de asociación o ley de división del trabajo.

4. Propiedad y libertad de entrada al mercado.

5. Construcciones imaginarias de estado final de reposo y giro uniforme.

Los cinco enunciados anteriores no son axiomas, son hipótesis, y no se derivan del axioma de la acción. Además las cinco hipótesis están inspiradas en el concepto de libertad, entendida como la posibilidad y capacidad de optar entre alternativas.

De los veinticuatro  teoremas que Zanotti deriva de lo anterior sólo mencionaré algunos: Los medios empleados para la satisfacción de necesidades son escasos; toda acción implica el acto de valoración, esto es, el acto de elección entre dos opciones; el acto de valoración es subjetivo; la ley de preferencia temporal; el principio de utilidad marginal;…ctc

Si el axioma fundamental de la praxeología, siguiendo al profesor Zanotti, Acción humana como libre e intencional con conocimiento disperso, es auto evidente ¿cuál será la contradicción en la que incurrimos cuando lo negamos? La negación de aquel enunciado es: que no hay acción, o que no es libre, o no es intencional, o que el conocimiento no está disperso. En lógica formal la negación de una frase de la forma P y Q y R y S es no P, o no Q, o no R, o no S. Es decir, con una sola de las proposiciones componente que sea falsa la proposición original se torna falsa. Ahora pregunto ¿qué tiene de contradictorio o inimaginable una actuación realizada intencionalmente y sometida a realizarse por presiones externas (no libre), por ejemplo bajo amenazas?  Ninguna, ocurren a diario.

Las ideas auto evidentes son de muy difícil determinación, casi siempre así las miramos por que hacen parte de nuestra intuición. La sola intuición en ciencias naturales, e inclusive en matemáticas, no es suficiente para alcanzar un conocimiento certero y en ocasiones es fuente de error. Pongo un ejemplo que sirve de muestra: Todo arco que una el polo sur de una esfera con el polo norte tiene, obligatoriamente, que cruzar la línea ecuatorial.  Pues esto que parece evidente exige, en matemáticas, una prueba. Es un teorema debido al matemático checo Bernard Bolzano (1781-1848) y exige para su prueba el axioma de completez de los números reales, axioma que trasciende cualquier auto evidencia. Otro ejemplo: El todo es más que cualquiera de sus partes. Este es un ejemplo clásico de un juicio sintético a priori. Pues no es cierto, veamos: si consideramos el conjunto de los números enteros N = {1,2,3,…} y su subconjunto de los números pares P = {2,4,6,…} vemos que tienen el mismo cardinal (la misma cantidad de elementos) puesto que se pueden poner en correspondencia uno a uno y sobre, al 1 le asociamos el 2, al 2 le asociamos el 4, al 3 el 6 y así sucesivamente. Es claro que para conjuntos finitos la afirmación sí es cierta.

Referencias

[1] H,H. Hoppe. La ciencia económica y el método austriaco, http://es.scribd.com/doc/102712043/La-Ciencia-Economica-y-El-Metodo-Austriaco#download

[2] L.V. Mises. La acción Humana. Union Editorial, S.A, 1986 http://www.anarcocapitalista.com/pdf.htm#Mises

[3] K.R Popper. La lógica de la investigación científica, http://www.filecrop.com/75473902/index.html

[4] D.  Hume. Tratado sobre la naturaleza humana:
http://www2.udec.cl/~alejanro/pepe/hume.pdf

[5] B. Rusell. Los Principios de la Matemática, Espasa-Calpe S.A, Madrid, 1967.

[6] G. Zanotti. La Economía de la Acción Humana, Unión Editorial, Madrid, 2009.

[7] E.R. Scarano. El apriorismo de Ludwig Von Mises http://www.eseade.edu.ar/servicios/Libertas/1_2_Scarano.pdf

[8] T. Polleit. El apriorismo de Mises frente al relativismo en economía. http://mises.org/community/blogs/euribe/archive/2011/09/11/el-apriorismo-de-mises-frente-al-relativismo-en-econom-237-a.aspx
[9] C. Lujan. El apriorismo de Ludwig Von Mises. http://es.scribd.com/doc/71877931/El-Apriorismo-de-Ludwig-Von-Mises.
[10] L.V. Mises. the ultimate foundation of economic science. http://files.libertyfund.org/files/1820/1359_LFeBk.pdf

[11] M.N. Rothbard. Praxeology: The Methodology of Austrian Economics. The Logic of Action One: Method, Money, and the Austrian School, Cheltenham, UK: Edward Elgar, 1997, pp. 58-77

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Infiernos fiscales

El sigiguiente artículo ha sido publicado por PABLO MOLINA en http://www.libertaddigital.com

http://www.libertaddigital.com/opinion/pablo-molina/infiernos-fiscales-48526/

Entre las medidas adoptadas en la cumbre de Londres para luchar contra la crisis, unas ineficaces y otras directamente contraproducentes, llama la atención la aprobación popular que ha suscitado la decisión de acabar con los paraísos fiscales. El Príncipe Rainiero solía replicar cuando le preguntaban al respecto que no existen paraísos, sino infiernos fiscales, definición que me parece muy ajustada a la realidad dada la voracidad estatal de los países socialdemócratas.

Salvo que el dinero provenga de la comisión de un delito, no hay ninguna razón para perseguir a los que quieran poner su patrimonio a salvo del Fisco de su país de origen. Pero es que la cumbre del G-20 no quiere acabar con los paraísos para evitar el lavado de dinero del tráfico de drogas o de armas, sino para que los políticos puedan controlar exhaustivamente todos los flujos financieros que se generan en sus territorios. Denunciar a los países que respetan la privacidad de los depositantes extranjeros por la posibilidad de que sean delincuentes, es tanto como prohibir las comunicaciones telefónicas privadas para acabar con las estafas de algunas líneas de pago: un despropósito y un ataque injustificable a la libertad individual, que sin embargo la masa adocenada aplaude, espoleada por la envidia igualitaria que la socialdemocracia estimula con todos los medios a su alcance.

Personalmente lamento no disponer de una paletada de millones con los que crear una sociedad opaca en cualquier paraíso fiscal de los que salpican el mapamundi. Algunas de estas reservas libertarias tienen unos nombres tan sugestivos (Vírgenes Británicas, Monserrat, Aruba, Dominica, Seychelles, Maldivas o Marianas del Norte) que intentar acabar con ellos resulta hasta un acto de mal gusto.

Los líderes mundiales quieren que todo el planeta sea un infierno fiscal, como lo definió Rainiero, motivo suficiente para que la gente decente sospeche de sus verdaderas motivaciones. No les basta con acelerar la máquina de producir dinero y multiplicar exponencialmente el gasto público –la mejor receta para que las crisis se reproduzcan cíclicamente– sino que quieren acabar con los únicos reductos de privacidad que todavía escapan a sus manejos. Son el rostro siniestro de la nueva Inquisición, aunque se oculten tras la tersura de ébano y el encanto cosmopolita de la espléndida Michelle.

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Al oído de Joseph E. Stiglitz

Por Mario Zuluaga

En un artículo del 11 de julio de este año, [1], publicado por el periódico EL ESPECTADOR,J.Stiglitz (premio Nobel de economía de 2001) se pregunta por el fin del neoliberalismo.

Acusa a los liberales (neoliberales para Stiglitz), o mejor, a los seguidores del libre mercado, de políticas que ellos mismos han atacado. Para nuestro insigne economista el descalabro de las hipotecas subprime se debe a los liberales, ocultando que son los bancos centrales, los que crean artificialmente el dinero, quienes artificialmente han bajado los tipos de interés permitiendo con ello que los bancos comerciales se dediquen a los préstamos irresponsables e induciendo a las familias a tomar endeudamientos que no podían cancelar. ¿Puede haber algo más antiliberal que aquello? También acusa a los liberales del descalabro del sector agrícola norteamericano debido a los subsidios que no les permiten competir con los agricultores europeos. ¿De cuando acá una política de subsidios  es parte del ideario liberal? También acusa a los liberales de favorecer políticas al servicio de intereses particulares. ¿No es acaso esas corruptas prácticas las que los liberales más han atacado desde los tiempos de don Adam Smith y mucho antes, desde los escolásticos españoles de la escuela de Salamanca? Son los gobiernos reguladores los que en alianza con el gran capital les han concedido a sus representantes gabelas, monopolios y preferencias especiales. ¿Puede haber algo más antiliberal que aquello?

Primero  debemos advertir que la expresión neoliberalismo sólo se usa como epíteto insultante. Nadie ha podido explicar cuál es exactamente el significado que el prefijo neo le agrega a la mal tratada palabra liberal. Pero los liberales, liberales en el sentido clásico del término, o libertarios, como muchos de ellos han preferido autodenominarse, siempre recogen el guante de los señalamientos que se les imputa.

Es una pena que un eminente economista como Stiglitz, desinforme al público sobre el pensamiento libertario atribuyéndole posturas que sus seguidores no se cansan de criticar. No es el libre mercado el causante del desbarranque económico que estamos padeciendo. Nunca hemos tenido libre mercado, ¿puede un convenio entre comerciantes e industriales protegidos por sus gobiernos, exasperantemente largo y minucioso, que más parece un juego de poker entre tramposos, llamarse libre comercio? Es el exceso de estatismo regulador y proteccionista el culpable de lo que vivimos. Si no fuera por lo trágico del tema, sería un chiste observar cómo los gobiernos, asesorados por reconocidos economistas de tradición keynesiana, que intervienen el mercado, que alteran artificialmente las estructuras monetarias y fiscales, que subsidian a los gremios económicos dueños del gran capital con dinero salido de los impuestos del ciudadano raso, que expanden el crédito bancario con respaldo de los bancos emisores, y después de todo aquello, cuando nos precipitan al abismo, salgan a culpar a los libertarios (que han advertido hasta el delirio la perversidad de aquellas actuaciones) de aquella debacle.

Cuando Stiglitz cabalga a lomos del estatismo regulador contra la libertad de comercio también se opone a la libertad de expresión pues la primera es la madre de la segunda. Y quien se opone a la libertad de opinión es, por lo menos, un déspota en capullo que se apresta a someter a sus congéneres con la marca del hierro de sus vanidades y extravagantes convicciones.

No entiendo cómo el análisis reposado e incisivo propio de las aulas académicas lo confundan con el panfleto exaltado de la plaza pública. Tratar de fundamentalistas, cómo Stiglitz lo hace, a los libertarios es lo mismo que tratar de caníbal y glotón a M. Gandhi. Nadie más apartado de fundamentalismos e ideologías que un libertario a quien solamente lo asisten el amor a la libertad individual y las leyes de la lógica formal.

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Solidarios por decreto-ley

“Aunque resulte una obviedad decirlo conviene insistir una vez más: el socialismo nos hace peores personas.”

Por Pablo Molina

Este artículo apareció publicado en Libertad digital (http://www.libertaddigital.es/opiniones/opinion_38688.html)

Cuando hay una catástrofe que afecta a un amplio número de ciudadanos, inmediatamente aparece el Gobierno con la bolsa de dinero lista para compensar las pérdidas sufridas. Lo hacen todos los gobiernos, sean del color político que sean, si exceptuamos el caso catalán, cuyos miembros no admiten retrasar las vacaciones así llegue el hedor de los congelados echados a perder por un apagón más allá de Perpiñán.

En el caso de los terribles incendios de Canarias, ZP ha prometido “ayudas sin límites” no sólo para reconstruir las infraestructuras dañadas o repoblar los montes quemados, sino también para subvencionar a quienes hayan perdido su trabajo temporalmente por causa del incendio (¿No está ya para eso el seguro de desempleo?) y, en general, para solucionar los contratiempos económicos que cualquier ciudadano canario haya podido sufrir por causa del fuego. “Será un decreto-ley amplio –ha anunciado ZP–, que contemplará todas las posibilidades de los daños causados, todos los supuestos”, incluidos, por tanto, los casos de aquellos beneficiarios que por su nivel de renta o patrimonio no necesiten ese dinero, aunque evidentemente harán todo lo posible por obtenerlo en competencia con el resto de afectados.

Probablemente las compañías aseguradoras habrán recibido la noticia con alborozo, pues es bastante seguro que muchas intentarán evitar hacer frente a sus responsabilidades en los siniestros gracias al maná presidencial. Y en todo caso, no faltará la picaresca de aquellos que pretendan ser compensados dos veces por el mismo daño. Aunque esto no le suele importar a los políticos. Total, el dinero no sale de su bolsillo sino de quienes pagamos impuestos, y eso por no entrar en la doctrina “calvinista” (por la ex ministra “Calvo”, aclaro innecesariamente), que decía aquello tan bonito de “el dinero público no es de nadie”.

Cuando sucede un hecho trágico como es el caso de un incendio que obliga a las personas a abandonar sus hogares, lo normal es que de forma espontánea se pongan en marcha iniciativas solidarias entre la gente que se considera vinculada a los afectados por razón del territorio o, simplemente, por la empatía natural que las personas tenemos con nuestros semejantes. ¿Por qué sucede cada vez con menos frecuencia? Pues principalmente porque todos pensamos que para eso ya está el Estado, cuyo principal empeño para extender su cuota de poder ha sido siempre expropiar las instituciones naturales de la sociedad civil responsables de activar los mecanismos de solidaridad para con los más necesitados.

Actualmente, el Gobierno de España destina un 53 por ciento de la renta nacional a la llamada “redistribución de riqueza”, esto es, a sacar el dinero del bolsillo de unos para meterlo en el de otros. Con una presión fiscal que, según los tramos, llega a límites confiscatorios, lo más natural es que los ciudadanos se inhiban moralmente ante el sufrimiento ajeno para dejar que sea el Gobierno quien resuelva el problema. Si de cada cien euros que usted paga a hacienda, más de cincuenta se destinan a esa función, nadie puede reprocharle que cuando suceda una catástrofe en la otra punta de España no acuda corriendo a su entidad bancaria para hacer una donación voluntaria.

Aunque sea impopular decirlo, el dinero que ZP va a entregar a los afectados por los incendios canarios es un factor más de corrupción moral. Contribuye a que la gente se despreocupe de asegurar su patrimonio ante ciertas eventualidades, incita a la picaresca para rapiñar ayudas aunque uno no las necesite y, en general, desactiva los mecanismos espontáneos de solidaridad en la sociedad civil. Aunque resulte una obviedad decirlo conviene insistir una vez más: el socialismo nos hace peores personas.

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Comentarios sobre la Teoría del Valor

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Ludwig Von Mises (1981-1973)

En 1920 Ludwig Von Mises (1881-1973) publicó un ensayo titulado El Cálculo Económico en el Sistema Socialista, [1], en el que nos demuestra la imposibilidad del cálculo económico en sistemas de economía centralizada como la que propone el marxismo. El  error que señala Mises va dirigido a la teoría del valor propuesta por K. Marx (1818-1883). Mises exhibe dos errores de aquella teoría: El primero consiste en que el cálculo del trabajo en el modelo marxista falla al dejar por fuera el consumo de factores materiales de producción. El segundo en que, en el marxismo, no se tiene en cuenta las diferencias en la calidad del trabajo. El trabajo especializado se considera un aumento del trabajo simple. Lo que Mises no advierte en su ensayo es el carácter contradictorio de la teoría del valor-trabajo de Marx, atribuyéndole, mas bien, fallas relacionadas con la posibilidad de recolectar información de los precios del mercado.

Concluye Mises que sólo en sistemas de mercado es posible el cálculo económico y afirma: “Donde no hay mercado no hay sistema de precios y donde no hay sistema de precios no puede haber cálculo económico”. De otra parte, donde no hay propiedad privada no podrá aparecer el mercado, pues entendemos que para darse un mercado es necesario que los actores de aquél dispongan de libertad para ejercer intercambios y éstos son prohibidos en regímenes con economías centralizadas. Mercado y propiedad privada son condiciones necesarias y suficientes del uno para la otra.

Propiedad privada y libertad son logros de la cultura griega mediterránea que floreció al amparo de una intensa actividad comercial. Ya el gran geógrafo e historiador Estrabón (63 ac-24dc), refiriéndose a los redactores de la Constitución de la antigua Creta decía: “La libertad es el mayor bien que el estado puede ofrecer a los ciudadanos, reconociendo que los bienes pertenecen a quien los adquiere. En los regímenes de esclavitud los bienes son de los gobernantes”.

Lo anterior no implica que en un sistema socialista no se pueda establecer un sistema de intercambio de productos. Podemos pensar, por ejemplo, que los productores de cueros de res curtidos podrán intercambiar su producto con los fabricantes de zapatos…ctc. Pero sin un sistema de precios no es posible calcular la eficacia de la manufactura e intercambio de productos.

Aunque muchos socialistas en la época de Marx encontraban cierta incapacidad del cálculo económico basado en la teoría del valor-trabajo que aquel había formulado, poca importancia le daban a ello puesto que su objetivo principal era, y lo es hoy, “la producción y distribución uniforme y ordenada de todos los bienes y servicios de la sociedad”. No advertían aquellos críticos que en economías complejas ello los conduciría a la incapacidad de medir el  desperdicio y la ineficiencia que se puede presentar en la realización de cualquier labor. Un sistema de precios en una economía de libre mercado es la herramienta que permite minimizar los errores de la actividad económica.

En Anti-Dühring, [2], F. Engels (1820-1895) nos dice que  

“…La cantidad de trabajo social inherente a cualquier producto no requiere ser confirmada en forma indirecta; la experiencia diaria demostrará cuánto trabajo será necesario como término medio. La sociedad puede fácilmente calcular cuántas horas de trabajo requiere un motor a vapor, un hectolitro de trigo de la última cosecha o cien metros cuadrados de paño de cierta calidad. Evidentemente, la sociedad tendrá que averiguar cuánta obra de mano es necesaria para la fabricación de cada artículo de consumo. Tendrá que basar sus planes en un estudio de los medios de producción con que puede contar, y claro que la fuerza de trabajo cae dentro de esa categoría. La utilidad de los diferentes bienes de consumo comparados entre sí y contra la obra de mano necesaria para su producción determinará finalmente el plan a seguir. El pueblo decidirá fácilmente todo, sin la intervención del tan mentado valor

Es muy engañoso el uso de la palabra sociedad en el párrafo anterior. Aunque tiene un sonido a democracia y libre intercambio de opiniones, lo que realmente significa es poder central y tiranía. La frase “El pueblo decidirá fácilmente todo, sin la intervención del tan mentado valor” nos indica la despreocupación del marxismo por la teoría del valor. Cómo veremos más adelante, toda la economía política descansa en el concepto de valor y su mal entendimiento le quita el piso científico a los conceptos de plusvalía y crecimiento económico. 

El cálculo económico sólo puede darse en economías de mercado. En economías centralizadas dicho cálculo no es posible,  y no lo es puesto que la teoría del valor definida en términos de trabajo, cómo lo propone el marxismo, es inconsistente. En este artículo me propongo demostrar las inconsistencias lógicas en la teoría del valor-trabajo del marxismo.

Empecemos por leer lo que K. Marx nos dice acerca del valor de una mercancía en su obra Salario Precio y Ganancia [3]:  

Cuando consideramos las mercancías como valores, las consideramos exclusivamente bajo el sólo aspecto de trabajo social realizado, plasmado, o si queréis, cristalizado .   

Y agrega:  

¿cómo se miden las cantidades de trabajo? Por el tiempo que dura el trabajo, midiendo éste por horas, por días, etcétera. Naturalmente, para aplicar esta medida, todas las clases de trabajo se reducen a trabajo medio o simple, como a su unidad de medida”.  

Finalmente concluye diciendo que  

los valores relativos de las mercancías se determinan por las correspondientes cantidades o sumas de trabajo invertidas, realizadas, plasmadas en ellas.”

Como el trabajo cae en la categoría de las mercancías, vemos  que la definición marxista del valor-trabajo viola las reglas elementales de la lógica formal, pues el valor del trabajo no puede medirse en términos del valor del trabajo (lo definido no puede hacer parte de la definición). Marx era consciente de aquella contradicción cuando afirmaba que

Si dijésemos que el valor de una jornada de trabajo de diez horas equivale a diez horas de trabajo, o a la cantidad de trabajo contenido en aquéllas, haríamos una afirmación tautológica, y además, sin sentido”.

Al querer zafarse de aquel sinsentido, introduce el concepto de “fuerza de trabajo”, y después de largos rodeos termina diciendo que  “El valor de la fuerza de trabajo se determina por el valor de los artículos de primera necesidad imprescindibles para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza de trabajo”.

En el pasaje anterior es imposible no imputarle a Marx su falta de honradez científica, pues es evidente que los artículos necesarios para perpetuar la fuerza de trabajo se miden en términos de la fuerza de trabajo que justamente quiere definir. Vuelve Marx a pecar contra la lógica y no por error involuntario.

Con este errado concepto de valor-trabajo, K. Marx define el concepto de plusvalía que ha servido como herramienta de los socialistas para afirmar que el enriquecimiento de los dueños de producción es producto de la expropiación a la clase obrera. En forma sucinta la plusvalía la expresamos así: El obrero vende su fuerza de trabajo que, supongamos, está representada por seis horas de trabajo diario. Como el capitalista contrata al obrero por un día, le exige trabajar seis horas más, en total 12 horas. Pues bien, esas seis horas diarias adicionales, que Marx llama plustrabajo, el capitalista se las apropia. Su valor es llamado plusvalía. Veamos, cómo lo explica K. Marx:

“…El valor de la fuerza de trabajo se determina por la cantidad de trabajo necesario para su conservación o reproducción, pero el uso de esta fuerza de trabajo no encuentra más límite que la energía activa y la fuerza física del obrero. El valor diario o semanal de la fuerza de trabajo y el ejercicio diario o semanal de esta misma fuerza de trabajo son dos cosas completamente distintas, tan distintas como el pienso que consume un caballo y el tiempo que puede llevar sobre sus lomos al jinete. La cantidad de trabajo quesirve de límite al valor de la fuerza de trabajo del obrero no limita, ni mucho menos, la cantidad de trabajo que su fuerza de trabajo puede ejecutar. Tomemos el ejemplo de nuestro hilador. Veíamos que, para reponer diariamente su fuerza de trabajo, este hilador necesitaba reproducir diariamente un valor de tres chelines, lo que hacía con su trabajo diario de seis horas. Pero esto no le quita la capacidad de trabajar diez o doce horas, y aún más, diariamente. Y el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de la fuerza de trabajo del hilador, adquiere el derecho a usarla durante todo el día o toda la semana. Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas diarias. Es decir, que sobre y por encima de las seis horas necesarias para reponer su salario, o el valor de su fuerza de trabajo, el hilador tendrá que trabajar otras seis horas, que llamaré horas de plustrabajo, y este plustrabajo se traducirá en una plusvalía y en un plusproducto. Si, por ejemplo, nuestro hilador, con su trabajo diario de seis horas, añadía al algodón un valor de tres chelines, valor que constituye un equivalente exacto de su salario, en doce horas incorporará al algodón un valor de seis chelines y producirá la correspondiente cantidad adicional de hilo. Y, como ha vendido su fuerza de trabajo al capitalista, todo el valor, o sea, todo el producto creado por él pertenece al capitalista, que es el dueño pro tempore  de su fuerza de trabajo. Por tanto, adelantando tres chelines, el capitalista realizará el valor de seis, pues mediante el adelanto de un valor en el que hay cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a cambio un valor en el que hay cristalizadas doce horas de trabajo. Al repetir diariamente esta operación, el capitalista adelantará diariamente tres chelines y se embolsará cada día seis, la mitad de los cuales volverá a invertir en pagar nuevos salarios, mientras que la otra mitad forma la plusvalía, por la que el capitalista no abona ningún equivalente. Este tipo de intercambio entre el capital y el trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista o al sistema de trabajo asalariado, y tiene incesantemente que conducir a la reproducción del obrero como obrero y del capitalista como capitalista…”

En el inicio del texto anterior K. Marx nos dice que

El valor de la fuerza de trabajo se determina por la cantidad de trabajo necesario para su conservación o reproducción, pero el uso de esta fuerza de trabajo no encuentra más límite que la energía activa y la fuerza física del obrero” 

Ésto es, las seis horas diarias que trabaja el obrero son todas las que físicamente puede trabajar. No obstante  Marx nos dice que el capitalista

“… Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas diarias…”

y así apropiarse, indebidamente, de seis horas de plusvalía. Esta contradicción es flagrante y no se resuelve con sólo negarla, cómo lo hace K. Marx cuando afirma:

“…La cantidad de trabajo que sirve de límite al valor de la fuerza de trabajo del obrero no limita, ni mucho menos, la cantidad de trabajo que su fuerza de trabajo puede ejecutar” .

Concluimos, pues, a la luz de la teoría del valor marxista, que para salvar la definición de plusvalía es necesario otorgarle al capitalista la sobrehumana capacidad de poner a trabajar un muerto.

Pero cuando es F. Engels quien nos explica el concepto de plusvalía, la discusión alcanza niveles superiores de delirio y prepotencia teutónica. Veamos:En el ensayo El Capital de Marx,[4], F. Engels nos dice que

Desde que hay en el mundo capitalistas y obreros, no se ha publicado un solo libro que tenga para los obreros la importancia de éste. En él se estudia, por primera vez, la relación entre capital y trabajo, eje en torno del cual gira todo el sistema de la moderna sociedad, y se hace con una profundidad y un rigor sólo posible en un alemán.” (la negrilla es mía)

Y más adelante nos explica la plusvalía con el siguiente ejemplo:

“…Supongamos que el salario semanal de un obrero equivale a tres días de trabajo; si el obrero comienza a trabajar el lunes, el miércoles por la noche habrá reintegrado al capitalista el valor íntegro de su trabajo. Pero, ¿es que deja de trabajar una vez conseguido esto? Nada de eso. El capitalista le ha comprado el trabajo de una semana: por lo tanto, el obrero tiene que seguir trabajando los tres días que faltan para ésta. Este plustrabajo del obrero, después de cubrir el tiempo necesario para reembolsar al patrono su salario, es la fuente de la plusvalía, de la ganancia, del incremento progresivo del capital…

El ejemplo anterior nos dice que aunque el obrero trabaja los seis días de la semana, el capitalista sólo le reconoce tres. Eso, así expresado, constituye la descripción de un robo o una estafa o el incumplimiento de un contrato por parte del capitalista y no la explicación del concepto marxista de la plusvalía. Ya no estaríamos ante un problema económico sino judicial. No tiene sentido afirmar que el salario de seis días de trabajo equivalga al trabajo de tres. Pero intentemos recomponer el ejemplo: cuando Engels dice que

… “el salario semanal de un obrero equivale a tres días de trabajo”,

debemos suponer que refiere a la fuerza de trabajo del obrero que Engels reparte en tres días. Bien podrá repartirse en dos días o en cuatro o cinco…ctc. Si el obrero no puede, físicamente, ofrecer más fuerza de trabajo a la que está representada por aquellos tres días, es claro que no podrá trabajar los otros tres y en ese caso el concepto de plusvalía carece de sentido.

Tratemos de mirar, entonces, el problema desde el punto vista de los precios y salarios. Tasar la fuerza de trabajo asignándole un número no nos brinda ninguna información sobre su significado. Por ejemplo, decir que una camisa vale $20 no es una información satisfactoria hasta tanto no nos digan cuanto vale otra mercancía que nos permita compararlas. Si por ejemplo nos dicen que además un pantalón vale $40, la información empieza a tomar mejor forma puesto que ya sabemos que relación existe entre los dos artículos. Es por ello necesario que en el análisis de la plusvalía conozcamos de otro valor que permita compararlos.

Aunque, como ya lo habíamos advertido, la teoría del valor trabajo del marxismo es tautológica y por consiguiente inconsistente, continuaremos aceptándola para sacar de ella todas las conclusiones.

Es claro que una misma “cantidad” de fuerza de trabajo puede servir para generar mercancías de distinto valor de cambio: con una unidad de fuerza de trabajo de un obrero se puede crear un vestido tosco de albañilería o el vestido de una reina. Por consiguiente el concepto de plusvalía no puede desligarse del valor de cambio de la mercancía que la involucra. En caso de no aceptarse lo anterior tendremos que aceptar que estamos en el caso del robo o estafa con el que iniciamos el análisis.Ahora bien, una vez tasadas la fuerza de trabajo constante del obrero, el numero de días de la semana que consideremos (seis en este caso) y el valor de cambio total de la mercancía producida, podemos definir el salario del obrero en términos de días. Por ejemplo: si la fuerza de trabajo del obrero la estimamos en $48 y la mercancía producida por aquella fuerza en $96, concluímos, siguiendo a Engels, que el salario diario que el capitalista pactó con el obrero es de $16 y que lo que se le está pagando es lo correspondiente a tres días. En la lógica de Engels, entonces, la plusvalía será la diferencia, ésto es, tres días.Supongamos ahora que la mercancía producida tiene un valor de $72. Como la fuerza de trabajo permanece constante, razonando como antes, llegamos a que el salario diario del obrero es de $12 (72/6=12) y la fuerza de trabajo del obrero quedará ahora representada por 4 días (48=4x12). Llegamos entonces a que, en la lógica de Engels, la plusvalía cambia de tres días a dos días.

Si, como en los casos anteriores, consideramos que la mercancía producida tiene un valor de cambio de $144, llegamos a que la plusvalía será de cuatro días. Así sucesivamente. También, si la mercancía vale $38 no habrá plusvalía y si su valor de cambio es menor de $38 tendríamos plusvalía negativa. La plusvalía negativa no tiene sentido bajo la teoría del valor trabajo del marxismo puesto que para él la incorporación de fuerza de trabajo a una mercancía, aumenta el valor de ésta y nunca lo disminuirá.

Vemos, entonces, de los casos anteriores, que para una misma fuerza de trabajo podemos tener infinitas asignaciones de plusvalía, lo que hace que dicho concepto sea equívoco.

Resumimos la discusión diciendo que si aceptamos el concepto de fuerza de trabajo como medida del valor, la plusvalía, en el sentido marxista, equivale a una estafa o incumplimiento del contrato por parte del patrono. Como no nos queda más camino que usar el valor de cambio como punto de referencia, ello nos conduce a que el concepto de plusvalía quede indefinido.

Un hipotético contradictor nos dirá que no encuentra ninguna contradicción con que una misma fuerza de trabajo pueda tener varias plusvalías como producto de los distintos valores de cambio que estemos considerando. En este caso le contestaríamos que está confundiendo plusvalía (en el sentido marxista) con ganancia, que puede ser, por ejemplo, negativa y no afectará el valor de la fuerza de trabajo del obrero.Es evidente que el concepto de plusvalía así presentado por Marx y Engels, cae más en el terreno del panfleto exhortatorio a la confrontación de colectivos que en el del análisis científico.

La teoría del valor-trabajo del marxismo cae dentro del grupo de las teorías del valor llamadas objetivas. No cabe duda que cualquiera de ellas que adoptemos nos conducirá a contradicciones y conclusiones disparatadas. Es muy curioso que teorías que padecen de inconsistencias o simplemente son erradas, los economistas las califiquen de “objetivas”.

La teoría objetiva del valor aparece con Adam Smith (1723-1790). En su obra La riqueza de las Naciones, [5], Smith reconoce dos precios para las mercancías: uno el precio natural, que se determina por los costos de producción, y el otro es el precio del mercado, y afirmaba que éste tiende a igualarse con el primero en condiciones de libre intercambio. Esta teoría, conocida como clásica, motivó a algunos economistas de fin de siglo XIX, como Vilfredo Pareto, Léon Walras y otros a aceptar la teoría del precio objetivo de las mercancías y el libre mercado como única manera de lograr aquel precio objetivo en un proceso de convergencia.

Además inician, lo que es conocido como la matematización de la economía, la creación de modelos que les explicara los estados de equilibrio y los ciclos económicos. Esa corriente de pensamiento económico neoclásico ha llegado hasta nuestros días a niveles de extrema sofisticación y ha convertido al economista de ahora más en un político e ingeniero social que un pensador de la acción humana. La economía, ciencia de la escasez y el apetito, ha sido arrancada del ámbito de las ciencias sociales y ha ido a parar a los terrenos de la matemática aplicada. La teoría de la Probabilidad; la Estadística; el Análisis Funcional, lineal y no lineal; las Ecuaciones Diferenciales (ordinarias y parciales); los Procesos Estocásticos; la Teoría de Juegos; los Autómatas Celulares y hasta la Teoría del Caos son ahora las herramientas del economista de hoy.

No existen modelos matemáticos que no hagan uso de hipótesis y restricciones, mismas que en manos de economistas, políticos o asesores de ellos, se traducen en ataduras de la libertad humana. Una centralización de precios, ofertas y demandas por parte del estado (subastador) simplifican los modelos matemáticos que nos explican la competencia perfecta. Impuestos, aranceles,  regulaciones, tasas y sobretasas…ctc son las recetas que se imponen para que el modelo matemático “funcione”.

Con mucha frecuencia se confunden las relaciones económicas con las relaciones matemáticas. Por ejemplo, cuando se considera una función de precios expresada en términos del precio promedio, su sinsentido económico es evidente pues el efecto no puede ser anterior a la causa, no obstante desde el punto de vista de la matemática sí es posible pues no es función de ella preguntarse por la validez del modelo sino expresar relaciones entre variables abstractas.

Tres grandes dificultades se advierten en los modelos económicos matematizados: La primera consiste en que aquellos dejan de lado las motivaciones éticas, filosóficas, culturales e históricas que los harían humanamente aceptables y confiables. Por ejemplo: un marcado sentido de la justicia y la eficiencia, individual o colectiva conducirá a optar por políticas económicas liberales o colectivistas, respectivamente. Es evidente que sin una visión marxista del mundo, a luz del materialismo dialéctico, no hubiese aparecido un régimen comunista como el de la antigua Unión Soviética, por ejemplo. También, aunque la máquina de vapor inventada por el mecánico inglés Thomas Savery (1650-1715) y perfeccionada por Thomas Newcomen (1663-1729) y el mecánico escocés James Watt (1736-1819), la humanidad no hubiese presenciado una revolución industrial de los siglos XVIII y XIX sin los principios de libertad que la inspiraron.

La segunda dificultad la encontramos en la verificación del modelo con la realidad. Vemos cómoL.V. Kantorovich (1912-1986), entusiasta economista de los modelos matemáticos, así nos lo explica:

“…Resulta especialmente importante la verificación de la influencia de la diferencia existente entre el modelo y la realidad sobre el resultado obtenido y la corrección del resultado o del modelo mismo. A menudo no se hace esta parte del trabajo. La parte difícil de la realización de un modelo consiste en la recolección y a menudo la elaboración de los datos necesarios, los que en muchos casos tienen errores considerables y a veces están completamente ausentes porque nadie los había necesitado antes. Hay dificultades de principio en los datos de pronóstico del futuro y en la estimación de los variantes del desarrollo industrial..” [6].

La tercera dificultad nace en los análisis matemáticos de la economía cuando consideramos los equilibrios competitivos y los óptimos de Pareto en la economía de bienestar. El principal resultado (“teorema”), para el caso de costos fijos, precios fijados por el estado y con ausencia de rendimientos crecientes, viene expresado de la siguiente forma: Todo equilibrio competitivo es un óptimo de Pareto y recíprocamente, todo óptimo de Pareto se le puede asociar un sistema de precios para el cual hay un equilibrio competitivo.  

Este resultado de la economía, que conduce a la implementación de la competencia perfecta como una meta de planificación estatal, implicaría para su validez un inimaginable conjunto de restricciones estatales coercitivas de las libertades individuales.

Caben aquí algunas reflexiones dignas de consideración: ¿son ordenables los óptimos de Pareto? O dicho de otra forma: ¿entre dos óptimos de Pareto cual es el más óptimo? O también: ¿pueden ser dos óptimos de Pareto contradictorios entre si? Podemos pensar que las libertades individuales que no violen las libertades de terceros es un óptimo de Pareto. Siendo ello así, las restricciones del ESTADO a la acción humana serían inaceptables por su carácter contradictorio. Con esta línea de argumentación llevaríamos a la  economía de bienestar actual a una crisis insoluble. En este punto de la discusión no tenemos otras herramientas, distintas de aquellas de orden filosófico, ético e histórico, que nos den luces sobre los problemas básicos de la economía.

De otra parte, los estados de equilibrio económico están inspirados, las más de las veces, en los puntos estacionarios de sistemas dinámicos. No siempre estos puntos son de equilibrio, algunas veces son puntos de gran desequilibrio que, además de nunca alcanzarse, constituyen puntos “muertos” no deseables e imposibles de representar un escenario económico real.

Las escuelas más conocidas de esta nueva economía son el monetarismo y el keynesianismo. Con ellas el Estado, y los gobiernos, sus administradores, se ha convertido en el eje central de la vida económica. Aquél, cual hueco negro, se chupa hasta los más mínimos vestigios del libre intercambio; no existe actividad económica alguna que no conlleve un tributo para aquel insaciable Leviatán hobessiano. Ya en el siglo XIX, Frederic Bastiat nos advertía que “El ESTADO es aquella ficción en donde cada uno se esfuerza en vivir a costa de los demás.

Con grande éxito los economistas de la escuela austriaca han rescatado lo que, en contraposición a la teoría objetiva, han decidido llamar la teoría “subjetiva” del valor.  El valor de una mercancía es una expresión de la relación binaria que establecen vendedor y comparador que depende del tiempo, el lugar, la cultura de los contratantes, la moda y hasta, agregaría yo, el estado de ánimo de aquellos. No es “objetivo” y menos medible, y no lo es porque está compuesto de intangibles.

La teoría subjetiva del valor es muy anterior a la reestablecida por la escuela austriaca iniciada por Karl Menger (1840-1921). Aquella la encontramos en los trabajos de los escolásticos españoles del siglo de oro español que va de mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII. Juan de Mariana,(1536-1623) sacerdote jesuíta, es el más representativo exponente de aquella generación de “liberales”. Sobre el aumento de precios, y sin usar la palabra inflación, nos dice:

Si baja el dinero del valor legal, suben todas las mercadurías sin remedio, a la misma proporción que abajaron la moneda, y todo se sale a una cuarta”,[7],

advirtiéndonos del efecto pernicioso de la disminución del metal precioso en las monedas y por lo tanto en el aumento de las mismas en el torrente monetario.

Diego de Cobarrubias y Leyva (1512-1577), obispo de Segovia y ministro de Felipe II, expresaba con claridad el concepto de la teoría subjetiva del valor cuando afirmaba que:

“…el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso, aunque tal estimación sea alocada…” y lo ilustraba diciendo que “…en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares”[8].

Luis Saravia de la Calle es el primero en demostrar que son los precios los que determinan los costos de producción y no al revés, cuando en su obra Instrucción de mercaderes, [9], nos dice que

los que miden el justo precio de las cosas según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros

Una excelente exposición sobre los escolásticos españoles del siglo XVI la encontramos en el libro Nuevos Estudios de Economía Política, [10], de Jesús Huerta de Soto.

El manuscrito original del libro Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Caroll no vale un céntimo entre indios aymaras de habla quechua, entre coleccionistas de obras clásicas de la literatura universal puede valer una bonita fortuna. Las expectativas sobre un bien difieren de comparador a vendedor y es ello lo que permite el intercambio; y no es porque sólo uno de ellos posea información que el otro ignore (información asimétrica) sino que las apetencias y usos del bien difieren de una persona a otra. No es pues una relación de gana-pierde, cómo muchos sostienen, sino de gana-gana.

Un hombre que tenía una enorme dificultad para encontrar su talla de calzado se sintió muy complacido al encontrar en una tienda remota unos zapatos que se acomodaban a su gran talla de pie. Aunque fueron cien dólares lo que le cobró el vendedor por el par de zapatos, el agradecido comprador le dijo: si me hubieras cobrado doscientos dólares, gustoso te los hubiera pagado. Y esto le contestó el vendedor: si me hubieras ofrecido cincuenta dólares, gustoso te los hubiera vendido. En el simpático ejemplo anterior advertimos que el precio fijado por el vendedor puede estar motivado por la pérdida de capital ocasionada por el largo tiempo que ha de invertir en la venta de los zapatos. De otra parte, la oferta del comprador está motivada por el afán de encontrar una talla de calzado apropiada a su necesidad. Dos informaciones se han puesto en marcha en la anterior transacción: por un lado el vendedor ha entendido que sí hay compradores para sus zapatos de talla grande pero que ellos son escasos, y por lo tanto la producción de sus zapatos debe ajustarse a un limitado mercado con fines de evitar desperdicio de capital. De otra parte el comprador ha entendido que puede conseguir sus zapatos por un precio muy inferior al que inicialmente pagó y con un poco de indagación hubiera conseguido un precio mejor. Muy lentamente la información sobre precios se va esparciendo entre productores y consumidores hasta lograr algún, no muy claro, “equilibrio” inestable, producto de la incesante actividad humana.

Referencias

[1] L.V. Mises, El cálculo económico en el sistema socialista, http://www.hacer.org/pdf/rev10_vonmises.pdf

[2] F.Engels, Antidüring,www.initiative-communiste.fr/wordpress/uploads/antiduhring.doc

[3] K. Marx, Salario, precio y ganancia, http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/65spg/index.htm

[4] F. Engels, El Capital de Marx, http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe2/mrxoe210.htm

[5] A. Smith, Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Editorial,  Publicaciones Cruz O, México.

[6] L. V. Kantorovich, Las matemáticas en la economía: Logros, dificultades, perspectivas, http://www.eumed.net/cursecon/economistas/textos/kantorovich__Matematicas.htm

[7] Lucas Beltrán, Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, Instituto de estudios fiscales, Madrid, 1987.

[8] Diego de Covarrubias y Leyva, Omnia Opera, Haredam Hieronymi Scoti, Venecia 1604, vol. 2, Libro 2, p. 131.

[9] Luis Saravia de la Calle, Instrucción de mercaderes, Pérez de Castro, Medina del Campo 1544; publicado de nuevo en la Colección de joyas bibliográficas, Madrid 1949, p. 53.

[10] Jesús Huerta de Soto, Nuevos Estudios de Economía Política, Unión Editorial S.A , Madrid,(2002)

 

 

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